Wednesday, October 7, 2026



El Arrebatamiento de la Iglesia: Preparados cada dia sin establecer fechas

La promesa del arrebatamiento de la Iglesia constituye una de las grandes esperanzas del creyente. Hay un momento, establecido por el Padre donde los muertos en Cristo resucitarán incorruptibles y quienes permanezcamos vivos seremos transformados y arrebatados para encontrarnos con El: 

“Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor.” (1 Tesalonicenses 4:16-17) 

“He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados.” (1 Corintios 15:51-52)

 La seguridad de nuestra esperanza descansa en la fidelidad de quien hizo la promesa. Sin embargo, creer en la cercanía de su venida no nos autoriza a establecer una fecha. Podemos vivir con la convicción de que su regreso está cerca y mantenernos atentos al desarrollo del escenario profético, pero debemos reconocer los límites que las propias Escrituras establecen: 

“Pero de aquel día y de la hora nadie sabe, ni aun los ángeles que están en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre.” (Marcos 13:32)  

Lo que Dios reveló y lo que reservó

Aunque existen distintas interpretaciones acerca de la relación entre el discurso escatológico de Jesús en el capítulo veinticuatro de Mateo y el arrebatamiento, ninguna de ellas concede permiso para anunciar una fecha para recoger a la Iglesia. La enseñanza específica del arrebatamiento describe lo que sucederá, pero no proporciona el día en que ocurrirá.

Asimismo, cuando los discípulos preguntaron acerca de la restauración del reino a Israel, Jesús respondió que no les correspondía conocer los tiempos o las ocasiones que el Padre había establecido bajo su propia autoridad (Hechos 1:6-7). Enseguida dirigió su atención a la misión: recibirían poder del Espíritu Santo y serían sus testigos (Hechos 1:8).

La orientación es profundamente significativa. El Señor nos llama a dar testimonio mientras esperamos. No nos encomienda descubrir mediante cálculos aquello que Él no ha revelado.

Tampoco sería correcto buscar una salida diciendo: “No sabemos el día ni la hora, pero sí podemos conocer el mes o el año”. Los pasajes que anuncian el arrebatamiento no nos ofrecen una fórmula para determinar esas fechas. Vincular acontecimientos actuales, fiestas bíblicas o secuencias numéricas hasta producir un calendario obligatorio excede lo que el texto permite afirmar.

La cercanía de su venida exige humildad

El capítulo trece de Romanos nos recuerda que nuestra salvación está más cerca de nosotros que cuando creímos: 

“Y esto, conociendo el tiempo, que es ya hora de levantarnos del sueño; porque ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos.” (Romanos 13:11) 

El capítulo cinco de Santiago nos exhorta a afirmar el corazón porque la venida del Señor se acerca:

“Tened también vosotros paciencia, y afirmad vuestros corazones; porque la venida del Señor se acerca.” (Santiago 5:8) 

Estas palabras alimentan nuestra esperanza y nos llaman a vivir con urgencia espiritual. Desde la perspectiva pretribulacional, esperamos que Cristo recoja a su Iglesia antes del período de la tribulación. Esta expectativa nos mueve a estar preparados para recibirlo en cualquier momento. Pero la inminencia no constituye una fecha: Expresa una disposición constante de esperanza y vigilancia.

Podemos reconocer acontecimientos que consideramos compatibles con el escenario profético, sin embargo, debemos distinguir entre lo que la Escritura afirma expresamente y las conclusiones que nosotros extraemos al observar las noticias. Nuestras interpretaciones deben permanecer sujetas a la Palabra, abiertas a corrección y libres de pretensiones de infalibilidad. La cercanía de su venida debe producir santidad, amor y diligencia. Cuando produce obsesión por los calendarios, temor descontrolado o dependencia de un supuesto revelador, hemos perdido el rumbo de la esperanza cristiana.

Lecciones dolorosas de la historia

La historia muestra las consecuencias de convertir interpretaciones humanas en anuncios que se presentan como certezas divinas. En el siglo XIX, William Miller sostuvo que Cristo regresaría entre 1843 y 1844 (Movimiento Millerita). Posteriormente, Samuel Snow promovió la fecha del 22 de octubre de 1844 (Movimiento del séptimo mes), que terminó siendo aceptada por numerosos integrantes del movimiento millerita. Cuando el regreso esperado no ocurrió, el episodio pasó a conocerse como el “Gran Chasco o la Gran Decepción”.

Aquí es necesario precisar el papel de Elena G. White, entonces conocida como Elena Harmon. Ella creyó en el mensaje de Miller y compartió aquella expectativa, pero no fue quien originó la fecha del 22 de octubre. Su posterior influencia en el adventismo no debe llevarnos a atribuirle la formulación inicial de esa predicción.

La lección permanece: Una interpretación puede despertar entusiasmo y atraer seguidores sin convertirse por ello en una revelación de Dios. Cuando una fecha anunciada fracasa, muchos quedan desorientados y algunos terminan cuestionando la promesa bíblica que el predicador pretendía defender. El error del anunciador no invalida la fidelidad de Cristo.

Un caso más reciente fue el de Harold Camping, quien anunció que el arrebatamiento ocurriría el 21 de mayo de 2011. Tras el fracaso de aquella predicción, mantuvo una expectativa del fin para el 21 de octubre del mismo año, que tampoco se cumplió. Algunos seguidores entregaron sus ahorros o se desprendieron de sus bienes convencidos de que el anuncio era verdadero.

Estos episodios muestran que establecer fechas puede afectar mucho más que la reputación de un líder; puede perjudicar la economía familiar, alterar decisiones importantes y debilitar la confianza espiritual de quienes reciben el mensaje.

También debemos recordar la tragedia de Jim Jones y el Templo del Pueblo, ocurrida en Guyana el 18 de noviembre de 1978. Tras el asesinato del congresista Leo Ryan y otras personas, Jones ordenó una muerte colectiva. Más de novecientas personas murieron en los hechos relacionados con aquella tragedia, muchas por envenenamiento. El FBI describe el episodio en términos de asesinatos y suicidios, dentro de un contexto de abuso y control.

Jonestown debe tratarse con precisión: no fue simplemente una fecha fallida del arrebatamiento, ni una enseñanza bíblica sobre cómo salir de este mundo. Fue una manifestación extrema de manipulación y sometimiento a un líder. La esperanza cristiana jamás autoriza provocar la propia muerte o la de otras personas. En el arrebatamiento, Cristo viene por su pueblo; ningún ser humano puede producir ese encuentro mediante una acción destructiva.

Estos casos tampoco deben utilizarse para ridiculizar a las víctimas o condenar indiscriminadamente a comunidades enteras. Nos corresponde aprender de lo ocurrido y advertir con verdad, compasión y responsabilidad. Estar preparados no significa abandonar nuestras responsabilidades

La Palabra nos manda a estar despiertos espiritualmente y vigilantes: 

“Por tanto, no durmamos como los demás, sino velemos y seamos sobrios.” (1 Tesalonicenses 5:6) 

La vigilancia aparece unida a la sobriedad, esto implica una mente despierta, juicio equilibrado y una conducta responsable. Esperar a Cristo no exige renunciar al trabajo, sacar a nuestros hijos de la escuela, vender todos nuestros bienes o encerrarnos a esperar una fecha anunciada por alguien. En la misma carta donde Pablo enseña acerca del arrebatamiento, también manda a vivir tranquilamente, ocuparse de las propias responsabilidades y trabajar diligentemente para cubrir todas nuestras necesidades diarias: 

“... que procuréis tener tranquilidad, y ocuparos en vuestros negocios, y trabajar con vuestras manos de la manera que os hemos mandado, a fin de que os conduzcáis honradamente para con los de afuera, y no tengáis necesidad de nada.” (1 Tesalonicenses 4:11-12)

“Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma. Porque oímos que algunos de entre vosotros andan desordenadamente, no trabajando en nada, sino entremetiéndose en lo ajeno. A los tales mandamos y exhortamos por nuestro Señor Jesucristo, que trabajando sosegadamente, coman su propio pan.” (2 Tesalonicenses 3:10-12) 

El padre y la madre deben continuar cuidando y formando a sus hijos, el estudiante debe seguir preparándose, el trabajador debe cumplir sus obligaciones, el pastor debe alimentar al rebaño, la Iglesia debe continuar evangelizando, discipulando y ayudando al necesitado. Si Cristo viene hoy, que nos encuentre haciendo su voluntad. 

¿Cómo se prepara la Iglesia?

La preparación comienza con una relación verdadera con Jesucristo. No basta conocer términos proféticos o dominar un esquema de los acontecimientos finales. Necesitamos haber recibido al Salvador y vivir sometidos a su Palabra. La esperanza de su venida también nos llama a la santidad;  quien espera a Cristo debe examinar su conducta, apartarse del pecado y cultivar una obediencia sincera: 

“Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro.” (1 Juan 3:2,3)

Además, debemos perseverar en la oración, congregarnos, reconciliarnos cuando sea necesario y servir con amor. La carta a los hebreos nos exhorta al estímulo mutuo, las buenas obras y la vida de comunidad.

“Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió. Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca.” (Hebreos 10:23-25) 

Necesitamos igualmente discernimiento; Dios nos ha dado la capacidad de probar los espíritus: 

“Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo…” (1 Juan 4:1,2)

“Examinadlo todo; retened lo bueno.” (1 Tesalonicenses 5:21) 

Un anuncio no adquiere autoridad divina porque sea emocionante, tenga millones de reproducciones o venga acompañado de una supuesta visión. Todo mensaje debe someterse a las Escrituras. Ningún líder tiene autoridad para exigir obediencia a una fecha que Dios no ha revelado.

Una esperanza que consuela y fortalece

Después de explicar el arrebatamiento, Pablo ordena que los creyentes se alienten unos a otros con esas palabras (1 Tesalonicenses 4:18). La promesa tiene el propósito de consolar y fortalecer a la Iglesia.

Por eso, debemos proclamarla con entusiasmo y reverencia, cuidándonos de añadir informacion que el Señor no nos ha dado. Debemos anunciar que Cristo viene, exhortar a estar preparados y enseñar la importancia de discernir nuestro tiempo, pero hagamoslo con la humildad de quienes conocen una promesa gloriosa, pero no poseen su fecha. No necesitamos conocer el día para vivir preparados cada día. Sigamos trabajando, cuidando a nuestras familias, predicando el evangelio y sirviendo al prójimo. Que nuestra expectativa se refleje en una vida santa, diligente y llena de amor. La oración de la Iglesia continúa siendo la misma: “Amén; sí, ven, Señor Jesús.” (Apocalipsis 22:20)



















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