Señales del Día del Señor, el Arrebatamiento de la Iglesia y la Salvación del Remanente
“Y daré prodigios en el cielo y en la tierra, sangre, y fuego, y columnas de humo. El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día grande y espantoso de Jehová. Y todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo; porque en el monte de Sion y en Jerusalén habrá salvación, como ha dicho Jehová, y entre el remanente al cual él habrá llamado.” (Joel 2:30-32)
La profecía de Joel constituye uno de los pasajes más significativos para comprender la relación entre el derramamiento del Espíritu Santo, las señales de los últimos tiempos, el Día del Señor y la futura salvación de un remanente de Israel. Para interpretar correctamente este pasaje, es necesario observar su contexto profético y compararlo con otras Escrituras que describen acontecimientos semejantes.
Los versículos anteriores anuncian que Dios derramaría de su Espíritu sobre toda carne: “Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne...” (Joel 2:28)
En el capítulo dos de Hechos, cuando se derramó el poder del Espíritu Santo sobre los discípulos, el apóstol Pedro describió el fenómeno como el cumplimiento de la profecía de Joel:
Pentecostés marcó, por tanto, el comienzo del cumplimiento de una parte fundamental de la profecía: el derramamiento del Espíritu Santo. Sin embargo, esto no significa necesariamente que todo lo anunciado por Joel se cumpliera completamente aquel día. El profeta también habló de señales extraordinarias en el cielo y en la tierra que evidentemente no ocurrieron en Pentecostés.
En el discurso de Pedro en el Aposento Alto no mencionó las señales cósmicas de las que habló Joel (Prodigios en el cielo, sol en tinieblas, la luna en sangre …). porque no eran para un cumplimiento inmediato. Esto nos permite reconocer un principio frecuente en la profecía bíblica: Acontecimientos separados por largos períodos pueden aparecer juntos dentro de una misma revelación profética.
Estas señales no parecen ser meramente simbólicas. La Biblia vuelve a utilizar expresiones semejantes al describir los acontecimientos finales. Jesús declaró:
Apocalipsis también describe fenómenos semejantes:
La semejanza entre Joel, Mateo y Apocalipsis es difícil de ignorar. Los tres pasajes describen alteraciones cósmicas vinculadas con la intervención directa de Dios en los acontecimientos finales de la historia humana. Por esta razón, Joel 2:30-31 debe entenderse principalmente dentro del contexto escatológico que conduce hacia la manifestación del Día del Señor. Joel añade una expresión fundamental: “Antes que venga el día grande y espantoso de Jehová.” (Joel 2:31)
El “Día de Jehová” es un tema recurrente entre los profetas del Antiguo Testamento. No se refiere simplemente a un período de veinticuatro horas, sino a un tiempo de intervención divina en la historia, particularmente relacionado con juicio, vindicación y establecimiento del gobierno de Dios. Los profetas utilizan esta expresión para describir acontecimientos en los cuales Dios juzga la rebelión humana y manifiesta su autoridad sobre las naciones. Joel presenta estas señales precisamente como acontecimientos que ocurrirán antes de la llegada de ese gran Día. Esto coloca el cumplimiento final de Joel 2:30-31 dentro del escenario profético de los últimos tiempos.
¿Dónde estará la Iglesia en esta etapa final de la profecía?
Aquí surge una pregunta importante: Si Joel describe acontecimientos relacionados con la Tribulación, Jerusalén, el remanente de Israel y el Día del Señor, ¿qué sucede con la Iglesia durante esta etapa final? Desde una interpretación dispensacional, premilenial y pretribulacional, la respuesta es que la Iglesia ya habrá sido arrebatada antes del comienzo del período de siete años de Tribulación.
El arrebatamiento de la Iglesia es descrito claramente por Pablo: “Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire...” (1 Tesalonicenses 4:16-17)
Asimismo, en 1 Corintios 15:51-58, Pablo habla de un misterio en el cual los creyentes serán transformados en un instante. Este acontecimiento es distinto de la Segunda Venida visible de Cristo a la tierra. En el arrebatamiento, Cristo viene por su Iglesia y los creyentes son llevados para encontrarse con Él en el aire. En la Segunda Venida, Cristo regresa con sus santos para establecer su reino y juzgar a las naciones. Esta distinción es fundamental para comprender la secuencia profética.
La promesa de ser guardados de la hora de prueba
Apocalipsis 3:10 contiene una promesa muy significativa: “Por cuanto has guardado la palabra de mi paciencia, yo también te guardaré de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero...”
La promesa no consiste simplemente en protección dentro de la prueba, sino en ser guardados de la hora misma de prueba que vendrá sobre el mundo entero. Esto señala que la Iglesia no está destinada a atravesar el período de juicio mundial que corresponde a la Tribulación.
Pablo expresa una enseñanza semejante en 1 Tesalonicenses 5:9: “Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo.”
La Tribulación constituye un período en el cual la ira y los juicios de Dios son derramados sobre un mundo rebelde. La Iglesia, en cambio, es librada de la ira venidera.
Los siete años de Tribulación y la semana setenta de Daniel
El período de siete años encuentra su fundamento profético en Daniel 9:24-27. El profeta Daniel recibió la revelación de setenta semanas determinadas sobre: “tu pueblo y tu santa ciudad.” El pueblo de Daniel es Israel y la ciudad es Jerusalén. Las primeras sesenta y nueve semanas conducen hasta la manifestación y muerte del Mesías. Queda una semana profética pendiente: la semana número setenta.
Si cada semana representa siete años, esta última semana corresponde a un período de siete años. Daniel 9:27 describe un pacto confirmado por una semana y su ruptura a la mitad de ese período. Esta semana final no está determinada específicamente sobre la Iglesia, sino sobre Israel y Jerusalén. Por eso, una vez terminado el actual período de la Iglesia mediante el arrebatamiento, Dios reanuda de manera directa su trato profético con Israel. Esto explica por qué la última parte de Joel se concentra en Jerusalén, Sion y el remanente; no en la Iglesia.
De Pentecostés al arrebatamiento
Podemos notar una importante secuencia profética:
Joel anuncia el derramamiento del Espíritu.
Pentecostés marca el comienzo de esta etapa.
Durante el presente tiempo, el Evangelio es anunciado y Dios llama de entre judíos y gentiles un pueblo para el nombre de Cristo.
Pero este período de la Iglesia no continuará indefinidamente.
Llegará el momento en que Cristo vendrá por su Iglesia. Ese acontecimiento cerrará la etapa actual y dará paso a la última semana profética de Daniel.
Podríamos representarlo de esta manera:Pentecostés - Período de la Iglesia - Arrebatamiento - Siete años de Tribulación - Señales cósmicas - Segunda Venida - Salvación del remanente - Reino mesiánico.
Esta secuencia ayuda a comprender porqué Joel comienza con el derramamiento del Espíritu, pero termina hablando de Jerusalén y del remanente. La Iglesia está presente en la primera etapa del cumplimiento histórico de la profecía, pero no en la etapa final de juicio descrita en relación con Israel y las naciones.
Israel vuelve al centro del escenario profético
Después del arrebatamiento, el programa profético vuelve a concentrarse de manera particular en Israel. Esto no significa que Dios haya dejado de obrar entre los gentiles, ni que nadie pueda ser salvo durante la Tribulación, El capítulo siete de Apocalipsis muestra claramente multitudes que llegarán a la fe durante ese período, sin embargo, el énfasis profético vuelve a Israel.
El capítulo nueve de Daniel habla del pueblo de Daniel y Jerusalén. Mateo 24 describe acontecimientos relacionados con Judea. Apocalipsis 7 presenta a ciento cuarenta y cuatro mil sellados de las tribus de Israel. Apocalipsis 11 vuelve a colocar el escenario en Jerusalén. Zacarías 12 describe la futura conversión de Jerusalén y Joel 2 declara que habrá liberación en Sion y Jerusalén. Existe una coherencia notable entre todos estos pasajes, un mensaje de salvación en medio del juicio.
A la par con esta descripción tan solemne aparece una de las declaraciones más hermosas de la Escritura: “Y todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo.” (Joel 2:32)
La gracia de Dios permanece disponible incluso cuando sus juicios están acercándose. El apóstol Pablo utiliza esta misma declaración en Romanos 10:13. Esto es un llamado universal a través de todo el período de la Iglesia y en la Tribulación.
Apocalipsis 7:9-14 describe una gran multitud procedente de todas las naciones, pueblos, tribus y lenguas que salen de la gran tribulación. Por tanto, el arrebatamiento de la Iglesia no significa que después de este acontecimiento nadie podrá salvarse. Significa que la Iglesia como cuerpo habrá completado su período terrenal, mientras Dios continúa obrando salvación y cumple particularmente sus propósitos proféticos con Israel.
Salvación en Sion y Jerusalén
Joel continúa diciendo: “Porque en el monte de Sion y en Jerusalén habrá salvación...” (Joel 2:32) Este detalle es sumamente importante. La profecía menciona lugares específicos: Sion y Jerusalén. No existe necesidad de espiritualizar estos nombres, ni convertirlos automáticamente en referencias a la Iglesia. Joel estaba hablando al pueblo de Judá y su profecía mantiene una clara dimensión relacionada con Israel y Jerusalén. Esto concuerda con numerosas profecías que anuncian una futura intervención de Dios a favor de Israel:
“Y derramaré sobre la casa de David, y sobre los moradores de Jerusalén, espíritu de gracia y de oración; y mirarán a mí, a quien traspasaron...” (Zacarías 12:10)
La Escritura anticipa un momento futuro en el cual el remanente prudente de Israel reconocerá al Mesías. Joel habló sobre: “...el remanente al cual él habrá llamado.”
El concepto de remanente aparece repetidamente en la profecía bíblica. Aunque Israel ha atravesado períodos de incredulidad y disciplina divina, Dios nunca ha anulado las promesas realizadas a Abraham, Isaac y Jacob. Siempre ha preservado un remanente. En el capítulo once de Romanos, Pablo explica que Israel ha experimentado un endurecimiento parcial y temporal: “...ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles.” (Romanos 11:25) Después añade: “Y luego todo Israel será salvo...” (Romanos 11:26)
Esto no significa necesariamente que cada israelita individual será salvo: “... porque no todos los que descienden de Israel son israelitas, ni por ser descendientes de Abraham, son todos hijos; sino: En Isaac te será llamada descendencia. Esto es: No los que son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino que los que son hijos según la promesa son contados como descendientes.” (Romanos 9:6-8)
Sin embargo, llegará un momento en el programa profético cuando Israel, como nación, experimentará una poderosa obra de restauración espiritual: “Y pondré mi Espíritu en vosotros, y viviréis, y os haré reposar sobre vuestra tierra; y sabréis que yo Jehová hablé, y lo hice, dice Jehová.” (Ezequiel 37:14)
Pentecostés fue el comienzo, no la consumación
Uno de los errores interpretativos que debemos evitar es asumir que, porque Pedro citó Joel en Pentecostés, toda la profecía quedó completamente cumplida aquel día. Pentecostés constituye el comienzo del cumplimiento de la promesa relacionada con el derramamiento del Espíritu. Pero las señales cósmicas anunciadas en los versículos 30 y 31 todavía apuntan hacia acontecimientos futuros.
La profecía de Joel puede visualizarse como un gran arco profético: Derramamiento del Espíritu/ Era de la Iglesia/ Arrebatamiento/ Tribulación/ Señales cósmicas/ Día del Señor/ Salvación del remanente/ Establecimiento del reino mesiánico.
Otro elemento importante es recordar que la división de capítulos no formaba parte del texto original. Después de anunciar la salvación en Jerusalén y la preservación del remanente, Joel pasa inmediatamente a describir el juicio de las naciones:
“Porque he aquí que en aquellos días, y en aquel tiempo, en que haré volver la cautividad de Judá y de Jerusalén, reuniré a todas las naciones, y las haré descender al valle de Josafat, y allí entraré en juicio con ellas a causa de mi pueblo...” (Joel 3:1,2)
La historia humana no continuará indefinidamente bajo rebelión contra Dios, llegará el momento cuando el Creador de la vida intervendrá directamente en los acontecimientos del mundo. El mensaje para nosotros hoy sigue vigente: “Todo aquel que invocare el nombre del Señor será salvo.”


