Sunday, September 6, 2026

 

Señales del Día del Señor, el Arrebatamiento de la Iglesia y la Salvación del Remanente

“Y daré prodigios en el cielo y en la tierra, sangre, y fuego, y columnas de humo. El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día grande y espantoso de Jehová. Y todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo; porque en el monte de Sion y en Jerusalén habrá salvación, como ha dicho Jehová, y entre el remanente al cual él habrá llamado.” (Joel 2:30-32)   

La profecía de Joel constituye uno de los pasajes más significativos para comprender la relación entre el derramamiento del Espíritu Santo, las señales de los últimos tiempos, el Día del Señor y la futura salvación de un remanente de Israel. Para interpretar correctamente este pasaje, es necesario observar su contexto profético y compararlo con otras Escrituras que describen acontecimientos semejantes.

Los versículos anteriores anuncian que Dios derramaría de su Espíritu sobre toda carne: “Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne...”  (Joel 2:28)

En el capítulo dos de Hechos, cuando se derramó el poder del Espíritu Santo sobre los discípulos, el apóstol Pedro describió el fenómeno como el cumplimiento de la profecía de Joel: 

Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días. Y daré prodigios en el cielo y en la tierra, sangre, y fuego, y columnas de humo. El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día grande y espantoso de Jehová. ” (Joel 2:28-31) 

Pentecostés marcó, por tanto, el comienzo del cumplimiento de una parte fundamental de la profecía: el derramamiento del Espíritu Santo. Sin embargo, esto no significa necesariamente que todo lo anunciado por Joel se cumpliera completamente aquel día. El profeta también habló de señales extraordinarias en el cielo y en la tierra que evidentemente no ocurrieron en Pentecostés.

En el discurso de Pedro en el Aposento Alto no mencionó las señales cósmicas de las que habló Joel (Prodigios en el cielo, sol en tinieblas, la luna en sangre …). porque no eran para un cumplimiento inmediato. Esto nos permite reconocer un principio frecuente en la profecía bíblica: Acontecimientos separados por largos períodos pueden aparecer juntos dentro de una misma revelación profética.    

Estas señales no parecen ser meramente simbólicas. La Biblia vuelve a utilizar expresiones semejantes al describir los acontecimientos finales. Jesús declaró:

“E inmediatamente después de la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor...” (Mateo 24:29) 

Apocalipsis también describe fenómenos semejantes:

“...el sol se puso negro como tela de cilicio, y la luna se volvió toda como sangre.” (Apocalipsis 6:12)

La semejanza entre Joel, Mateo y Apocalipsis es difícil de ignorar. Los tres pasajes describen alteraciones cósmicas vinculadas con la intervención directa de Dios en los acontecimientos finales de la historia humana. Por esta razón, Joel 2:30-31 debe entenderse principalmente dentro del contexto escatológico que conduce hacia la manifestación del Día del Señor. Joel añade una expresión fundamental: “Antes que venga el día grande y espantoso de Jehová.” (Joel 2:31) 

El “Día de Jehová” es un tema recurrente entre los profetas del Antiguo Testamento. No se refiere simplemente a un período de veinticuatro horas, sino a un tiempo de intervención divina en la historia, particularmente relacionado con juicio, vindicación y establecimiento del gobierno de Dios. Los profetas utilizan esta expresión para describir acontecimientos en los cuales Dios juzga la rebelión humana y manifiesta su autoridad sobre las naciones. Joel presenta estas señales precisamente como acontecimientos que ocurrirán antes de la llegada de ese gran Día. Esto coloca el cumplimiento final de Joel 2:30-31 dentro del escenario profético de los últimos tiempos.

¿Dónde estará la Iglesia en esta etapa final de la profecía?

Aquí surge una pregunta importante: Si Joel describe acontecimientos relacionados con la Tribulación, Jerusalén, el remanente de Israel y el Día del Señor, ¿qué sucede con la Iglesia durante esta etapa final? Desde una interpretación dispensacional, premilenial y pretribulacional, la respuesta es que la Iglesia ya habrá sido arrebatada antes del comienzo del período de siete años de Tribulación.

El arrebatamiento de la Iglesia es descrito claramente por Pablo: “Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire...” (1 Tesalonicenses 4:16-17) 

Asimismo, en 1 Corintios 15:51-58, Pablo habla de un misterio en el cual los creyentes serán transformados en un instante. Este acontecimiento es distinto de la Segunda Venida visible de Cristo a la tierra. En el arrebatamiento, Cristo viene por su Iglesia y los creyentes son llevados para encontrarse con Él en el aire. En la Segunda Venida, Cristo regresa con sus santos para establecer su reino y juzgar a las naciones. Esta distinción es fundamental para comprender la secuencia profética.

La promesa de ser guardados de la hora de prueba

Apocalipsis 3:10 contiene una promesa muy significativa: “Por cuanto has guardado la palabra de mi paciencia, yo también te guardaré de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero...”

La promesa no consiste simplemente en protección dentro de la prueba, sino en ser guardados de la hora misma de prueba que vendrá sobre el mundo entero. Esto señala que la Iglesia no está destinada a atravesar el período de juicio mundial que corresponde a la Tribulación.

Pablo expresa una enseñanza semejante en 1 Tesalonicenses 5:9: “Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo.”

La Tribulación constituye un período en el cual la ira y los juicios de Dios son derramados sobre un mundo rebelde. La Iglesia, en cambio, es  librada de la ira venidera.

Los siete años de Tribulación y la semana setenta de Daniel

El período de siete años encuentra su fundamento profético en Daniel 9:24-27. El profeta Daniel recibió la revelación de setenta semanas determinadas sobre: “tu pueblo y tu santa ciudad.” El pueblo de Daniel es Israel y la ciudad es Jerusalén. Las primeras sesenta y nueve semanas conducen hasta la manifestación y muerte del Mesías. Queda una semana profética pendiente: la semana número setenta.

Si cada semana representa siete años, esta última semana corresponde a un período de siete años. Daniel 9:27 describe un pacto confirmado por una semana y su ruptura a la mitad de ese período. Esta semana final no está determinada específicamente sobre la Iglesia, sino sobre Israel y Jerusalén. Por eso, una vez terminado el actual período de la Iglesia mediante el arrebatamiento, Dios reanuda de manera directa su trato profético con Israel. Esto explica por qué la última parte de Joel se concentra en Jerusalén, Sion y el remanente; no en la Iglesia.

De Pentecostés al arrebatamiento

Podemos notar una importante secuencia profética:

  • Joel anuncia el derramamiento del Espíritu.

  • Pentecostés marca el comienzo de esta etapa.

  • Durante el presente tiempo, el Evangelio es anunciado y Dios llama de entre judíos y gentiles un pueblo para el nombre de Cristo.

  • Pero este período de la Iglesia no continuará indefinidamente.

  • Llegará el momento en que Cristo vendrá por su Iglesia. Ese acontecimiento cerrará la etapa actual y dará paso a la última semana profética de Daniel.

Podríamos representarlo de esta manera:Pentecostés - Período de la Iglesia - Arrebatamiento - Siete años de Tribulación - Señales cósmicas - Segunda Venida - Salvación del remanente - Reino mesiánico.

Esta secuencia ayuda a comprender porqué Joel comienza con el derramamiento del Espíritu, pero termina hablando de Jerusalén y del remanente. La Iglesia está presente en la primera etapa del cumplimiento histórico de la profecía, pero no en la etapa final de juicio descrita en relación con Israel y las naciones.

Israel vuelve al centro del escenario profético

Después del arrebatamiento, el programa profético vuelve a concentrarse de manera particular en Israel. Esto no significa que Dios haya dejado de obrar entre los gentiles, ni que nadie pueda ser salvo durante la Tribulación, El capítulo siete de Apocalipsis muestra claramente multitudes que llegarán a la fe durante ese período, sin embargo, el énfasis profético vuelve a Israel.

El capítulo nueve de Daniel habla del pueblo de Daniel y Jerusalén. Mateo 24 describe acontecimientos relacionados con Judea. Apocalipsis 7 presenta a ciento cuarenta y cuatro mil sellados de las tribus de Israel. Apocalipsis 11 vuelve a colocar el escenario en Jerusalén. Zacarías 12 describe la futura conversión de Jerusalén y Joel 2 declara que habrá liberación en Sion y Jerusalén. Existe una coherencia notable entre todos estos pasajes, un mensaje de salvación en medio del juicio. 

A la par con esta descripción tan solemne aparece una de las declaraciones más hermosas de la Escritura: “Y todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo.” (Joel 2:32) 

La gracia de Dios permanece disponible incluso cuando sus juicios están acercándose. El apóstol Pablo utiliza esta misma declaración en Romanos 10:13. Esto es un llamado universal a través de todo el período de la Iglesia y en la Tribulación. 

Apocalipsis 7:9-14 describe una gran multitud procedente de todas las naciones, pueblos, tribus y lenguas que salen de la gran tribulación. Por tanto, el arrebatamiento de la Iglesia no significa que después de este acontecimiento nadie podrá salvarse. Significa que la Iglesia como cuerpo habrá completado su período terrenal, mientras Dios continúa obrando salvación y cumple particularmente sus propósitos proféticos con Israel.

Salvación en Sion y Jerusalén

Joel continúa diciendo: “Porque en el monte de Sion y en Jerusalén habrá salvación...” (Joel 2:32) Este detalle es sumamente importante. La profecía menciona lugares específicos: Sion y Jerusalén. No existe necesidad de espiritualizar estos nombres, ni convertirlos automáticamente en referencias a la Iglesia. Joel estaba hablando al pueblo de Judá y su profecía mantiene una clara dimensión relacionada con Israel y Jerusalén. Esto concuerda con numerosas profecías que anuncian una futura intervención de Dios a favor de Israel:

“Y derramaré sobre la casa de David, y sobre los moradores de Jerusalén, espíritu de gracia y de oración; y mirarán a mí, a quien traspasaron...” (Zacarías 12:10) 

La Escritura anticipa un momento futuro en el cual el remanente prudente de Israel reconocerá al Mesías. Joel habló sobre: “...el remanente al cual él habrá llamado.”

El concepto de remanente aparece repetidamente en la profecía bíblica. Aunque Israel ha atravesado períodos de incredulidad y disciplina divina, Dios nunca ha anulado las promesas realizadas a Abraham, Isaac y Jacob. Siempre ha preservado un remanente. En el capítulo once de Romanos, Pablo explica que Israel ha experimentado un endurecimiento parcial y temporal: “...ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles.” (Romanos 11:25) Después añade: “Y luego todo Israel será salvo...” (Romanos 11:26)     

Esto no significa necesariamente que cada israelita individual será salvo: “... porque no todos los que descienden de Israel son israelitas, ni por ser descendientes de Abraham, son todos hijos; sino: En Isaac te será llamada descendencia. Esto es: No los que son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino que los que son hijos según la promesa son contados como descendientes.” (Romanos 9:6-8) 

Sin embargo, llegará un momento en el programa profético cuando Israel, como nación, experimentará una poderosa obra de restauración espiritual: “Y pondré mi Espíritu en vosotros, y viviréis, y os haré reposar sobre vuestra tierra; y sabréis que yo Jehová hablé, y lo hice, dice Jehová.” (Ezequiel 37:14) 

Pentecostés fue el comienzo, no la consumación

Uno de los errores interpretativos que debemos evitar es asumir que, porque Pedro citó Joel en Pentecostés, toda la profecía quedó completamente cumplida aquel día. Pentecostés constituye el comienzo del cumplimiento de la promesa relacionada con el derramamiento del Espíritu. Pero las señales cósmicas anunciadas en los versículos 30 y 31 todavía apuntan hacia acontecimientos futuros.

La profecía de Joel puede visualizarse como un gran arco profético: Derramamiento del Espíritu/ Era de la Iglesia/ Arrebatamiento/ Tribulación/ Señales cósmicas/ Día del Señor/ Salvación del remanente/ Establecimiento del reino mesiánico.

Otro elemento importante es recordar que la división de capítulos no formaba parte del texto original. Después de anunciar la salvación en Jerusalén y la preservación del remanente, Joel pasa inmediatamente a describir el juicio de las naciones: 

  • “Porque he aquí que en aquellos días, y en aquel tiempo, en que haré volver la cautividad de Judá y de Jerusalén, reuniré a todas las naciones, y las haré descender al valle de Josafat, y allí entraré en juicio con ellas a causa de mi pueblo...” (Joel 3:1,2) 

La historia humana no continuará indefinidamente bajo rebelión contra Dios, llegará el momento cuando el Creador de la vida intervendrá directamente en los acontecimientos del mundo. El mensaje para nosotros hoy sigue vigente: “Todo aquel que invocare el nombre del Señor será salvo.”




Friday, August 28, 2026

 

 

El Calendario de Dios: Claves Bíblicas para Entender los Tiempos Proféticos 

“Sea bendito el nombre de Dios de siglos en siglos, porque suyos son el poder y la sabiduría. Él muda los tiempos y las edades; quita reyes, y pone reyes; da la sabiduría a los sabios, y la ciencia a los entendidos.” (Daniel 2:20-21)

Cuando estudiamos las profecías bíblicas relacionadas con Israel, las setenta semanas de Daniel y los acontecimientos de los últimos tiempos, encontramos una medida de tiempo que aparece repetidamente en las Escrituras: un año de 360 días, compuesto por doce meses de treinta días cada uno. Este detalle no debe considerarse insignificante. Dios no solamente ha revelado los acontecimientos que han de suceder, sino que en determinados casos también ha señalado el tiempo durante el cual esos acontecimientos se desarrollarán. Por eso, para comprender correctamente ciertos períodos proféticos, debemos observar la propia manera en que la Biblia cuenta el tiempo.

El diluvio: Una evidencia temprana del mes de treinta días

Una de las primeras evidencias la encontramos en el relato del diluvio, en el capítulo siete de Génesis:     

“El año seiscientos de la vida de Noé, en el mes segundo, a los diecisiete días del mes, aquel día fueron rotas todas las fuentes del grande abismo, y las cataratas de los cielos fueron abiertas, y hubo lluvia sobre la tierra cuarenta días y cuarenta noches.” (Génesis 7:11,12) 

Más adelante se nos dice: “Y prevalecieron las aguas sobre la tierra ciento cincuenta días.” (Génesis 7:24) 

Finalmente leemos: “Y reposó el arca en el mes séptimo, a los diecisiete días del mes, sobre los montes de Ararat.” (Génesis 8:4) 

Podemos notar la precisión del relato: Desde el día 17 del segundo mes hasta el día 17 del séptimo mes transcurren exactamente cinco meses. La Escritura, a la vez, identifica ese período con 150 días.

Si dividimos: 150 días ÷ 5 meses = 30 días por mes. De esta manera, el propio texto bíblico nos proporciona una referencia temprana de meses calculados sobre una base de treinta días.

Doce meses de treinta días producen: 12 × 30 = 360 días. Esta medida vuelve a aparecer siglos después en las profecías relacionadas con los acontecimientos finales.

Daniel y las setenta semanas

Una de las profecías cronológicas más extraordinarias de toda la Biblia se encuentra en él capítulo nueve de Daniel. El ángel Gabriel le declara al profeta: 

“Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad, para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos. ” (Daniel 9:24) 

Estas no son semanas ordinarias de siete días. El contexto profético señala semanas de años. Cada semana representa siete años (heb. shavúa (שָׁבוּעַ), “un período de siete”. Por lo tanto: 70 semanas × 7 años = 490 años proféticos.

La profecía está relacionada directamente con:

  • El pueblo de Daniel, Israel

  • La santa ciudad, Jerusalén

  • La obra futura de un príncipe que ha de venir

  • La venida del Mesías

  • La consumación de los acontecimientos determinados por Dios

“Desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas…” (Daniel 9:25) 

Siete semanas más 62 semanas son sesenta y nueve semanas proféticas. Es decir: 69 × 7 = 483 años proféticos. Después de esas sesenta y nueve semanas ocurre algo fundamental: “Y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías…” (Daniel 9:26) 

Luego Daniel introduce una última semana: “Y por otra semana confirmará el pacto con muchos; a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda…” (Daniel 9:27) 

Aquí encontramos la conocida semana setenta de Daniel, un período final de siete años. Existe un intervalo entre la semana sesenta y nueve y la semana setenta. Esa última semana todavía espera su cumplimiento y corresponde al período final que culminará con la intervención gloriosa de Jesucristo.

Una semana final de siete años

Si la última semana profética contiene siete años, entonces tenemos: 7 años × 360 días = 2,520 días. Pero Daniel introduce otro detalle extraordinariamente importante: “A la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda…” (Daniel 9:27) 

La semana queda dividida en dos períodos iguales de tres años y medio. Utilizando la medida profética de 360 días: 3.5 años × 360 días = 1,260 días. Precisamente esa cifra reaparece de manera impresionante en el libro de Apocalipsis. No parece una coincidencia. Daniel y Apocalipsis forman parte de una misma revelación profética. 

En Apocalipsis 11:2  el ángel le explica a Juan que todavía faltaria cuarenta y dos meses para finalizar el tiempo del dominio gentil sobre Jerusalén: 

“Levántate, y mide el templo de Dios, y el altar, y a los que adoran en él. Pero el patio que está fuera del templo déjalo aparte, y no lo midas, porque ha sido entregado a los gentiles; y ellos hollarán la ciudad santa cuarenta y dos meses.” (Apocalipsis 11:2) 

Cuarenta y dos meses son 1,260 días

Inmediatamente después añade: “Y daré a mis dos testigos que profeticen por mil doscientos sesenta días…” (Apocalipsis 11:3) 

Aquí la Escritura prácticamente nos proporciona nuevamente la fórmula: 42 meses = 1,260 días.

Dividamos: 1,260 ÷ 42 = 30 días por mes. Otra vez encontramos exactamente el mismo patrón. Un mes profético equivale a treinta días y cuarenta y dos meses equivalen a: 3.5 años.

Por lo tanto: 42 meses = 1,260 días = 3.5 años proféticos.

La mujer en el desierto durante 1,260 días

En capítulo doce de Apocalipsis  presenta otra pieza fundamental. La mujer representa a Israel dentro del escenario profético. Después de describir el conflicto contra el dragón, la Escritura declara:

“Y la mujer huyó al desierto, donde tiene lugar preparado por Dios, para que allí la sustenten por mil doscientos sesenta días.” (Apocalipsis 12:6) 

Nuevamente aparece la misma cifra: 1,260 días. Pero el mismo capítulo describe posteriormente ese período utilizando otra expresión: 

“Y se le dieron a la mujer las dos alas de la gran águila, para que volase de delante de la serpiente al desierto, a su lugar, donde es sustentada por un tiempo, y tiempos, y la mitad de un tiempo.”
(Apocalipsis 12:14) 

Tenemos entonces tres maneras diferentes de expresar aparentemente el mismo período profético: 1,260 días; 42 meses; un tiempo, tiempos y la mitad de un tiempo; es decir: 3.5 años. Esta correspondencia interna es sumamente importante porque permite interpretar una expresión mediante otra.

La autoridad de la Bestia durante cuarenta y dos meses

Apocalipsis 13 vuelve a utilizar exactamente esta medida: 

“También se le dio boca que hablaba grandes cosas y blasfemias; y se le dio autoridad para actuar cuarenta y dos meses.” (Apocalipsis 13:5) 

Estos cuarenta y dos meses corresponden a: 42 × 30 = 1,260 días. Estamos nuevamente frente a un período de tres años y medio. Este período está estrechamente relacionado con la segunda mitad de la semana setenta de Daniel, cuando el gobernante profético quebranta su pacto y se levanta en abierta rebelión contra Dios. Daniel había profetizado: “A la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda.” (Daniel 9:27) 

Jesús, hablando de los acontecimientos futuros, llamó la atención precisamente hacia la profecía de Daniel: “Por tanto, cuando veáis en el lugar santo la abominación desoladora de que habló el profeta Daniel…” (Mateo 24:15)   

Por otro lado, Pablo describe al hombre de pecado: “El cual se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios… tanto que se sienta en el templo de Dios como Dios, haciéndose pasar por Dios.” (2 Tesalonicenses 2:4) 

Por eso podemos entender las profecías de Daniel,  el discurso profético de Jesucristo, las cartas de Pablo y Apocalipsis como partes complementarias de un mismo panorama profético.

1,260 días no es una cifra casual, la repetición es demasiado precisa para ignorarla.

La Biblia nos presenta: 5 meses = 150 días en Génesis

Luego: 42 meses = 1,260 días en Apocalipsis

Además: 3.5 años = 42 meses = 1,260 días    

El patrón matemático permanece constante:

1 mes = 30 días; 12 meses= 360 días; 3.5 años = 1,260 días; 7 años = 2,520 días.         

Esto nos permite comprender por qué muchos intérpretes proféticos utilizan la expresión “año profético de 360 días”. No significa necesariamente que cada calendario civil utilizado a través de toda la historia bíblica haya permanecido invariablemente en 360 días. Después del exilio, Israel incorporó nombres de meses de origen babilónico, evidencia de la influencia cultural y administrativa que recibió durante su permanencia bajo aquel imperio. Sin embargo, esto no significa que abandonara por completo el orden calendárico establecido en las Escrituras, sino que adoptó elementos de nomenclatura y organización propios del contexto histórico en que vivía.

Sin embargo, cuando Dios expresa determinados períodos proféticos utilizando simultáneamente días, meses y años, la equivalencia de treinta días por mes y 360 días por año resulta particularmente evidente. Esa distinción es importante, porque estamos hablando especialmente de una unidad bíblica de medición profética.    

Comprender esta medida bíblica del tiempo profético no es un detalle menor. Nos permite acercarnos a las profecías con mayor cuidado, evitando imponer sobre ellas calendarios, cálculos o sistemas desarrollados posteriormente. Dios no dejó los tiempos proféticos sujetos a la imaginación humana; en las mismas Escrituras encontramos patrones que nos ayudan a entender cómo fueron expresados. En la próxima parte profundizaremos en estas equivalencias y veremos cómo este cómputo profético arroja luz sobre algunos de los períodos más importantes anunciados por Daniel, por Jesucristo y por el libro de Apocalipsis. La profecía bíblica no nos invita a especular, sino a observar con reverencia, discernir con cuidado y permanecer atentos al cumplimiento de los tiempos señalados por Dios.

Monday, August 24, 2026

 


Israel, la Iglesia y la profecía: una esperanza que no nació con Darby, ni con Scofield

“Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro…”  (2 Pedro 1:19)   

En tiempos recientes se ha popularizado la expresión: Sionismo Evangélico o “Sionismo cristiano” para describir y desacreditar, la posición de aquellos creyentes que entienden que las profecías bíblicas concernientes a Israel continúan teniendo un cumplimiento futuro. Con frecuencia se afirma que doctrinas como la restauración de Israel a su tierra, la distinción profética entre Israel y la Iglesia, el arrebatamiento y el futuro regreso visible del Mesías son ideas relativamente modernas que surgieron con John Nelson Darby en el siglo XIX y que posteriormente fueron difundidas por C. I. Scofield mediante su conocida Biblia de referencia.

Sin embargo, esta afirmación confunde dos cosas completamente diferentes: El desarrollo histórico de un sistema de interpretación y el origen de las profecías que ese sistema procura interpretar. Darby no escribió a Ezequiel; Scofield no escribió a Daniel; ninguno de ellos escribió a Jeremías, Isaías, Zacarías, Pablo o Juan y y ninguno puso en labios de Jesucristo las palabras pronunciadas en el Monte de los Olivos. Darby y Scofield vivieron muchos siglos después de que las Escrituras que hablan sobre la dispersion de Israel, su restauración, la venida del Mesías, el arrebatamiento y de los acontecimientos finales fueran escritas. Pudiera discutirse si determinados intérpretes organizaron correctamente cada detalle profético, o  debatirse esquemas, cronologías y terminologías. Pero no puede atribuirse a hombres del siglo XIX la autoría, ni la manipulacion de profecías que existen desde hace miles de años.

Antes de Darby ya hablaban los profetas

Mucho antes del nacimiento de John Nelson Darby, Dios había anunciado mediante los profetas que Israel sería dispersado entre las naciones como consecuencia de su desobediencia, pero que llegaría un tiempo en que sería nuevamente reunido. Moisés mismo declaró: “Aun cuando tus desterrados estuvieren en las partes más lejanas que hay debajo del cielo, de allí te recogerá Jehová tu Dios, y de allá te tomará; y te hará volver Jehová tu Dios a la tierra que heredaron tus padres, y será tuya.” (Deuteronomio 30:4-5) 

Esto fue escrito aproximadamente tres mil años antes del establecimiento del moderno Estado de Israel. El profeta Jeremías también anunció: “El que esparció a Israel lo reunirá y guardará, como el pastor a su rebaño.” (Jeremías 31:10) Observe cuidadosamente el lenguaje: El mismo Dios que permitió la dispersión promete también la reunión. 

Ezequiel ofrece una de las descripciones más extraordinarias de esta restauración: “Y yo os tomaré de las naciones, y os recogeré de todas las tierras, y os traeré a vuestro país.” (Ezequiel 36:24) 

“Así ha dicho Jehová el Señor: He aquí, yo tomo a los hijos de Israel de entre las naciones a las cuales fueron, y los recogeré de todas partes, y los traeré a su tierra.” (Ezequiel 37:21) 

Estas palabras fueron pronunciadas siglos antes del nacimiento de Cristo y muchísimo antes de Darby, Scofield o cualquier movimiento político moderno. Por tanto, cuando un cristiano observa el regreso del pueblo judío a la tierra de sus antepasados y encuentra una relación con estas antiguas profecías, no necesariamente está siguiendo una doctrina inventada en tiempos recientes. Está comparando acontecimientos históricos con textos proféticos que tienen milenios de antigüedad.

Investigaciones académicas sobre los orígenes del llamado “sionismo cristiano” muestran que la expectativa de una restauración judía estaba presente entre puritanos y otros creyentes evangélicos desde los siglos XVII y XVIII, antes del ministerio de Darby. 

La tierra y el pacto

La relación de Israel con la tierra tampoco comenzó en el siglo diecinueve, comenzó con Abraham: “Y apareció Jehová a Abram, y le dijo: A tu descendencia daré esta tierra. Y edificó allí un altar a Jehová, quien le había aparecido.” (Génesis 12:7) 

Posteriormente el Señor amplió la promesa: “Porque toda la tierra que ves, la daré a ti y a tu descendencia para siempre.” (Génesis 13:15) 

Y en Génesis 15 Dios formalizó este compromiso mediante pacto: “En aquel día hizo Jehová un pacto con Abram, diciendo: A tu descendencia daré esta tierra, desde el río de Egipto hasta el río grande, el río Eufrates…” (Génesis 15:18)   

Esto no significa que todas las decisiones políticas o militares realizadas por un gobierno moderno deban ser consideradas automáticamente justas o aprobadas por Dios. La profecía bíblica no debe convertirse en una aprobación incondicional de gobiernos humanos. Los gobiernos pueden equivocarse. Israel, como cualquier nación, es responsable moralmente delante de Dios.

Pero reconocer esto no cancela las promesas bíblicas ni autoriza a la Iglesia a apropiarse de todo aquello que Dios prometió específicamente a Israel. La cuestión profética es más profunda que la política, se trata de la fidelidad de Dios a su Palabra.

¿Desechó Dios definitivamente a Israel?

El apóstol Pablo responde directamente: “Digo, pues: ¿Ha desechado Dios a su pueblo? En ninguna manera.” (Romanos 11:1) 

Más adelante añade: “Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios.” (Romanos 11:29) 

Los capítulos nueve al once de Romanos constituye una de las secciones más importantes del Nuevo Testamento para comprender la relación entre Israel y la Iglesia. Israel experimentó endurecimiento parcial, pero no abandono definitivo: “Ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles; y luego todo Israel será salvo.” (Romanos 11:25-26) 

Esto coloca ante nosotros dos líneas que avanzan dentro del propósito de Dios: la obra presente de Dios formando la Iglesia entre judíos y gentiles, y el propósito futuro de Dios respecto a Israel como nación. No son dos caminos diferentes de salvación, existe un solo Salvador: Jesucristo. Existe un solo fundamento de redención: su sangre derramada, pero dentro del desarrollo profético de las Escrituras encontramos funciones, promesas y acontecimientos relacionados específicamente con Israel y otros relacionados específicamente con la Iglesia.

Israel y la Iglesia no deben confundirse

La Iglesia no es simplemente otro nombre para Israel, en el Nuevo Testamento encontramos a Pablo distinguiendo claramente entre: “Judíos, gentiles y la iglesia de Dios.” (1 Corintios 10:32) 

La Iglesia es el cuerpo de Cristo formado por todos aquellos que han creído en Él durante esta dispensación, sean judíos o gentiles; Israel, por otra parte, conserva una identidad nacional dentro del programa profético de Dios. Esta distinción es indispensable para interpretar correctamente muchos pasajes proféticos. Cuando Dios promete reunir a Israel de las naciones, debemos permitir que Israel signifique Israel. Cuando habla de Jerusalén, debemos permitir que Jerusalén signifique Jerusalén, a menos que el propio contexto bíblico indique claramente un sentido simbólico. Una interpretación gramático-histórica de la Escritura evita que las promesas hechas a un pueblo sean transferidas arbitrariamente a otro.

La higuera y las señales del tiempo

Jesús declaró: “De la higuera aprended la parábola: Cuando ya su rama está tierna, y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca. Así también vosotros, cuando veáis todas estas cosas, conoced que está cerca, a las puertas.” (Mateo 24:32-33) 

Dentro de la interpretación profética, la Biblia emplea en diferentes lugares imágenes como la higuera, la vid y el olivo en relación con Israel. El renacimiento nacional de Israel adquiere una importancia extraordinaria dentro del conjunto de las señales relacionadas con los últimos tiempos. Sin embargo,  debemos recordar algo fundamental: Jesús no dijo que observáramos una sola señal aisladamente, dijo: “Cuando veáis todas estas cosas…”

Por eso la prudencia profética exige observar el cuadro completo y no establecer fechas de manera arbitraria. La profecía bíblica nos invita a velar, no a especular.

El arrebatamiento tampoco nació con Darby 

Otra acusación frecuente afirma que el arrebatamiento de la Iglesia fue inventado por John Nelson Darby. Pero nuevamente debemos regresar a una pregunta sencilla: ¿Quién escribió él capítulo cuatro de 1 Tesalonicenses? No fue Darby, tampoco Scofield. El apóstol Pablo escribió aproximadamente dieciocho siglos antes de ellos: “Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire.” (1 Tesalonicenses 4:16-17) 

La palabra traducida como “arrebatados” procede del verbo griego harpazō, que expresa la idea de tomar o arrebatar repentinamente. Pablo describe nuevamente esta transformación en la primera carta a los corintios:“He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos…” (1 Corintios 15:51-52) 

Mucho antes de cualquier maestro del siglo XIX, Pablo ya había hablado de una generación de creyentes que sería transformada sin pasar por la muerte y de creyentes vivos que serían arrebatados para encontrarse con Cristo. Pudiera debatirse dentro del cristianismo cuándo ocurre este acontecimiento con relación a la Tribula ción, pero decir que Darby inventó el concepto del arrebatamiento significa ignorar que la descripción fundamental se encuentra explícitamente en el Nuevo Testamento.

La promesa fue pronunciada por el mismo Cristo

Antes de Pablo encontramos incluso las palabras de Jesús: “Voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis.” (Juan 14:2-3)   

Observe el movimiento de la promesa: Cristo se va, prepara lugar, regresa, toma a los suyos, los lleva para que estén donde Él está. La esperanza de la Iglesia, por tanto, no descansa en Darby, descansa en la promesa de Jesucristo.

Israel espera restauración; la Iglesia espera al Esposo

Aquí encontramos una de las hermosas armonías de la profecía bíblica. Israel posee promesas relacionadas con su restauración nacional, su tierra, Jerusalén y finalmente el reconocimiento del Mesías. En cambio, la Iglesia posee promesas relacionadas con su unión celestial con Cristo, su transformación y su encuentro con el Señor.

Zacarías anunció respecto a Israel: “Y mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito.” (Zacarías 12:10) 

Pablo anunció: “Y luego todo Israel será salvo.” (Romanos 11:26) 

Mientras tanto, la Iglesia vive aguardando: “La esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo.” (Tito 2:13) 

Los dos programas finalmente convergen en la exaltación del mismo Rey: Jesucristo.

El regreso visible del Mesías (Parousia) tampoco es una invención moderna

Zacarías escribió siglos antes de Cristo: “Y se afirmarán sus pies en aquel día sobre el monte de los Olivos…” (Zacarías 14:4) 

Después de la ascensión de Cristo, los ángeles dijeron a los discípulos: “Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo.” (Hechos 1:11) 

Apocalipsis anuncia: “He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá.” (Apocalipsis 1:7) 

¿Dónde está Darby en estos textos; dónde está Scofield? No estaban allí, las profecías existían muchos siglos antes que ellos. Darby pudo sistematizar, pero no pudo inventar la Escritura, aquí debemos ser equilibrados.

La expectativa evangelica de una restauración futura del pueblo judío aparece documentada mucho antes de Darby, especialmente en ambientes puritanos de los siglos XVII y XVIII. 

No seguimos a Darby; seguimos las Escrituras

Nuestra fe no está edificada sobre Scofield, tampoco sobre Darby, ni sobre ningún sistema teológico humano. Podemos aprender de comentaristas, historiadores y maestros; pero todos ellos deben ser examinados a la luz de la Palabra. El cristiano no debería decir: “Creo esto porque lo dijo Darby”, debería decir: “Creo esto porque es lo que enseñan las Escrituras.”

Pablo elogió a los creyentes de Berea porque: “Recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así.” (Hechos 17:11) Ese debe continuar siendo nuestro modelo.

¿Es esto “sionismo evangélico”?

Si con esa expresión se quiere decir que un cristiano debe aprobar incondicionalmente cada acción política realizada por el moderno Estado de Israel, entonces esa no es nuestra posición. Nuestra autoridad no es un partido político. Nuestra autoridad es la Biblia.

Pero si con el término se intenta ridiculizar a quienes creen que Dios todavía tiene propósitos proféticos relacionados con el pueblo de Israel, entonces debemos responder serenamente:

Esta convicción no nació de una agenda política moderna, nació del estudio diligente de las Sagradas Escrituras. Las promesas estaban allí mucho antes de que existiera el término “sionismo”.

Dos pueblos dentro de un mismo propósito redentor

No debemos enfrentar a Israel contra la Iglesia. Tampoco debemos confundirlos, Dios está formando actualmente un pueblo para su nombre compuesto por judíos y gentiles unidos espiritualmente en Cristo, y al mismo tiempo, las Escrituras presentan promesas proféticas relacionadas con el futuro de la nación de Israel. Ambas líneas conducen finalmente al mismo centro: Jesucristo reinando y siendo glorificado.

Israel no será salvo por pertenecer étnicamente a Abraham, sino mediante el Mesías Jesucristo. La Iglesia tampoco posee mérito propio, ha sido redimida exclusivamente mediante la sangre del Cordero. Por eso la profecía nunca debe producir sentido de superioridad, debe producir humildad, santidad, esperanza y reverencia.

¿Qué dice la Palabra de Dios?

Si Jeremías anunció la reunión de Israel, debemos estudiarlo; si Ezequiel habló de una restauración nacional, debemos darlo por seguro, si Zacarías anunció que Israel miraría al que traspasaron, hay que darlo por hecho, estudiarlo. Si Pablo habló de un futuro glorioso para Israel, debemos creerlo, si Cristo prometió volver por los suyos, debemos creerle, si Pablo enseñó que los creyentes serían arrebatados para recibir al Señor en el aire, debemos tomar seriamente sus palabras, si Jesús anunció su regreso glorioso, debemos vivir preparados. Porque las promesas divinas descansan en el poder y la fidelidad de Dios, no en la invención humana: “Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad… porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo.” (2 Pedro 1:16,21) 

Conclusión: la profecía es más antigua que nuestros debates

Los sistemas teológicos son humanos, la Palabra de Dios no. Los hombres aparecen y desaparecen, la Palabra permanece. Darby murió, Scofield murió, generaciones completas de intérpretes han pasado, pero las palabras pronunciadas por los profetas continúan delante de nosotros.

Israel nuevamente se encuentra entre las naciones del mundo como una realidad nacional, Jerusalén continúa ocupando una posición extraordinariamente singular en el escenario internacional, la Iglesia continúa proclamando el Evangelio entre las naciones, y quienes esperamos al Señor continuamos levantando nuestros ojos, no hacia hombres ni hacia sistemas, sino hacia Jesucristo.

No sabemos el día ni la hora, no establecemos fechas, no necesitamos sensacionalismo, tenemos algo mejor: La palabra profética más segura. Por eso, mientras el mundo se oscurece, hacemos bien en estar atentos a ella: “Como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones.” (2 Pedro 1:19) 

La profecía no fue escrita para satisfacer nuestra curiosidad, fue dada para fortalecer nuestra esperanza y nuestra esperanza no tiene nombre de teólogo. Tiene el nombre de Jesucristo, el Hijo del Dios viviente.