Wednesday, October 14, 2026

El Año de la buena voluntad del Señor    

Desde el nacimiento de Cristo al arrebatamiento de la Iglesia

La profecía bíblica no solamente anuncia tiempos de juicio y restauración futura. También revela un período extraordinario de gracia, favor divino y proclamación del evangelio, que el profeta Isaías describió como “el año de la buena voluntad de Jehová” y que Jesucristo identificó directamente con su propia misión mesiánica.

Isaías declaró: “El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel; a proclamar el año de la buena voluntad de Jehová...” (Isaías 61:1,2)  

Siglos después, Jesús entró en la sinagoga de Nazaret, recibió el rollo del profeta Isaías y leyó precisamente este pasaje. Al terminar, cerró el libro y declaró: “Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros.” (Lucas 4:21)   

Con estas palabras, Cristo se identificó como el Ungido anunciado por Isaías y como Aquel en quien comenzaba a manifestarse de manera plena la buena voluntad de Dios hacia los seres humanos.

Belén y el anuncio del favor de Dios

Cuando Jesús nació en Belén de Judea, habían unos pastores apacentando sus rebaños, cerca de la misma región. De repente se les presentó un ángel del Señor y la misma gloria de Dios los rodeó con su resplandor. Los pastores sintieron temor ante un acontecimiento tan inusual, pero el ángel los tranquiliza y les anuncia la grandiosa noticia del nacimiento del Salvador Jesús. Les dió unas instrucciones específicas para que llegaran hasta el pesebre. Seguidamente se les aparecieron una multitud de ángeles que alababan a Dios y proclamaban el nacimiento del Ungido del Señor y el comienzo de la época de la buena voluntad de Dios sobre los seres humanos: 

“... el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor. Esto os servirá de señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre. Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios, y decían: ¡Gloria a Dios en las alturas, y  en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” (Lucas 2:14)   

El anuncio angelical mostraba que Dios había tomado la iniciativa de acercarse al ser humano. No fue la humanidad quien produjo primero una buena voluntad para buscar a Dios. Fue Dios quien manifestó su gracia enviando a su Hijo al mundo:

“... Fui hallado de los que no me buscaban; me manifesté a los que no preguntaban por mí.” (Romanos 10:20)   

“En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados… Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.” (1 Juan 4:10,19) 

En ese sentido, el nacimiento de Cristo marca históricamente el comienzo de una nueva manifestación del favor divino. El Mesías había llegado, la buena voluntad de Dios comenzaba a hacerse visible en la persona de Jesucristo. 

El año agradable del Señor en el ministerio de Jesús

Aproximadamente treinta años después, el Señor  comenzó su ministerio público, entonces pudo verse de manera palpable lo que Isaías había anunciado:

  1. Cristo predicó las buenas noticias de salvación     
  2. Sanó enfermos
  3. Libertó a los oprimidos
  4. Restauró vidas
  5. Perdonó pecados
  6. Anunció el reino de Dios con poder, autoridad y manifestación sobrenatural del Espíritu Santo. El “Año Agradable del Señor” no era simplemente una expresión poética, era una realidad que se estaba manifestando en la persona y obra del Mesías. Jesús era la expresión visible de la buena voluntad de Dios hacia la humanidad.

Podemos notar una pausa profética extraordinaria: Cuando Jesús leyó el pasaje de Isaías 61, se detuvo después de las palabras: “A predicar el año agradable del Señor”. Sin embargo, Isaías continuaba diciendo: “y el día de venganza del Dios nuestro”. Jesús no leyó esa parte, cerró el rollo antes de llegar a ella. Esta pausa tiene un profundo significado profético; Isaías había colocado en una misma frase dos períodos distintos: El año de la buena voluntad de Jehová y el día de venganza del Dios nuestro. El primero corresponde al tiempo de la gracia, donde se proclama el favor inmerecido de Dios para la Humanidad. El segundo corresponde al juicio futuro de Dios o período de la tribulación. Entre ambos se abre un amplio intervalo de tiempo donde se encuentra la presente dispensación de la Iglesia.

Pentecostés y la Iglesia investida de poder

Después de la muerte, resurrección y ascensión de Jesucristo, comenzó una nueva etapa. Antes de ascender, Jesús prometió a sus discípulos:

“Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo.” (Hechos 1:8)

Esa promesa se cumplió en Pentecostés. El Espíritu Santo descendió sobre los creyentes reunidos en el Aposento Alto y la Iglesia fue investida con poder para continuar la misión de Cristo en el mundo. Desde ese momento, la Iglesia comenzó a proclamar el evangelio con autoridad y demostración del poder de Dios. Sanidades, milagros, liberaciones, profecías, visiones, sueños y otras manifestaciones del Espíritu acompañaron la expansión del evangelio.

Pablo explicó posteriormente que el Espíritu Santo distribuye dones sobrenaturales a la Iglesia conforme a su voluntad y propósito entre ellos: 

“... a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho. Porque a éste es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe por el mismo Espíritu; y a otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu. A otro, el hacer milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversos géneros de lenguas; y a otro, interpretación de lenguas. Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere.” (1 Corintios 12:7-11)    

Joel y la vida sobrenatural de la Iglesia

El profeta Joel había hablado sobre este tiempo y las señales que traería consigo: 

“Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días. Y daré prodigios en el cielo y en la tierra, sangre, y fuego, y columnas de humo. El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día grande y espantoso de Jehová. Y todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo; porque en el monte de Sion y en Jerusalén habrá salvación, como ha dicho Jehová, y entre el remanente al cual él habrá llamado.” (Joel 2:28-32)   

El apóstol Pedro citó este pasaje el día de Pentecostés porque aquello que Joel había anunciado comenzaba a manifestarse:

“... esto es lo dicho por el profeta Joel: Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños…” (Hechos 2:16,17)   

Por tanto, desde Pentecostés, la Iglesia vive bajo una nueva dimensión de la obra del Espíritu Santo. La profecía, las visiones, los sueños y los dones espirituales no deben considerarse elementos extraños dentro de la vida de la Iglesia. Forman parte de la actividad soberana del Espíritu Santo durante esta dispensación. Naturalmente, toda manifestación espiritual debe ser examinada y sometida a la autoridad de la Palabra de Dios, el Espíritu Santo nunca contradice la Escritura y siempre glorifica a Jesucristo.

La Iglesia como instrumento de la buena voluntad de Dios

La Iglesia continúa hoy la misión que Cristo comenzó; no reemplaza a Cristo, tampoco ocupa su lugar; actúa como su cuerpo sobre la tierra. Por medio de la Iglesia, el evangelio continúa siendo proclamado, los quebrantados reciben esperanza, los cautivos espirituales encuentran libertad, los enfermos son sanados al presentarlos en oración delante de Dios, los pecadores escuchan el mensaje de reconciliación. Las naciones reciben el anuncio de que hay salvación en Jesucristo, por eso podemos entender la era de la Iglesia como parte de ese gran período profético del favor de Dios.

La buena voluntad de Jehová que se manifestó en Belén continúa siendo proclamada por la Iglesia mediante el evangelio. Desde Belén hasta el arrebatamiento podemos observar una hermosa secuencia: 

  1. En Belén llega el Salvador
  2. Durante el ministerio de Cristo: se manifiesta la buena voluntad de Dios
  3. En la muerte y resurrección de Jesús se completa la obra redentora
  4. En Pentecostés la Iglesia recibe poder
  5. Durante la era de la Iglesia: el evangelio es proclamado a las naciones
  6. Con el arrebatamiento termina la misión terrenal de la Iglesia en esta dispensación

El arrebatamiento marca el cierre de esta etapa. Cristo vendrá por su Iglesia y los creyentes serán transformados y arrebatados para recibir al Señor en el aire: 

“Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor.” (1 Tesalonicenses 4:16,17)    

Seguidamente el programa profético avanzará hacia la semana setenta de Daniel y hacia los acontecimientos relacionados con el Día del Señor; será la transición desde el año de la buena voluntad de Jehová al día de venganza del Dios nuestro. 

Aquí vuelve a cobrar fuerza la pausa que Jesús hizo en el capítulo sesenta y uno de Isaías. Jesús no vino anunciando el tiempo de juicio, aunque habló algunas cosas, vino primordialmente para anunciar la manifestación del amor de Dios hacia la Humanidad caída:

“Jehová desnudó su santo brazo ante los ojos de todas las naciones, y todos los confines de la tierra verán la salvación del Dios nuestro.” (Isaías 52:10) 

La Iglesia vive actualmente dentro del período de la gracia o año de la buena voluntad del Señor, es tiempo de predicar, tenemos la encomienda de anunciar la salvación en Jesucristo, hacer el llamado al arrepentimiento, manifestar el poder sobrenatural del Espíritu Santo y llevar las buenas nuevas hasta lo último de la tierra.

Sin embargo, esta etapa no continuará indefinidamente, llegará el momento cuando la Iglesia será arrebatada y el escenario profético cambiará. Comenzarán a desarrollarse los acontecimientos que conducirán hacia el Día del Señor. 

Una puerta todavía abierta

Mientras la Iglesia permanezca en la tierra, el mensaje continúa siendo el mismo: Dios está llamando a los seres humanos a reconciliarse con Él por medio de Jesucristo. La Iglesia no debe permanecer pasiva, ha sido ungida por el Espíritu Santo para cumplir una misión. Cristo vino a buscar y salvar lo que se había perdido. La Iglesia continúa anunciando ese mismo mensaje hasta que Él venga por ella.

El año agradable del Señor comenzó a manifestarse con la llegada del Mesías, fue confirmado en su ministerio, fue extendido mediante Pentecostés y continuará durante la presente dispensación hasta que Cristo venga por su Iglesia. Después, la profecía avanzará hacia aquella segunda expresión que Jesús dejó sin leer en Nazaret: “El día de venganza del Dios nuestro”. Hoy todavía vivimos en el tiempo del llamado, la puerta de salvación sigue abierta. Mientras esa puerta permanezca abierta, la misión de la Iglesia continúa:

“Porque todos vosotros sois hijos de luz e hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas. Por tanto, no durmamos como los demás, sino velemos y seamos sobrios. Pues los que duermen, de noche duermen, y los que se embriagan, de noche se embriagan. Pero nosotros, que somos del día, seamos sobrios, habiéndonos vestido con la coraza de fe y de amor, y con la esperanza de salvación como yelmo. Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo…” (1 Tesalonicenses 5:5-9) 

“La noche está avanzada, y se acerca el día. Desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz. Andemos como de día, honestamente; no en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contiendas y envidia, sino vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne.” (Romanos 13:12-14) 


Wednesday, October 7, 2026



El Arrebatamiento de la Iglesia: Preparados cada dia sin establecer fechas

La promesa del arrebatamiento de la Iglesia constituye una de las grandes esperanzas del creyente. Hay un momento, establecido por el Padre donde los muertos en Cristo resucitarán incorruptibles y quienes permanezcamos vivos seremos transformados y arrebatados para encontrarnos con El: 

“Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor.” (1 Tesalonicenses 4:16-17) 

“He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados.” (1 Corintios 15:51-52)

 La seguridad de nuestra esperanza descansa en la fidelidad de quien hizo la promesa. Sin embargo, creer en la cercanía de su venida no nos autoriza a establecer una fecha. Podemos vivir con la convicción de que su regreso está cerca y mantenernos atentos al desarrollo del escenario profético, pero debemos reconocer los límites que las propias Escrituras establecen: 

“Pero de aquel día y de la hora nadie sabe, ni aun los ángeles que están en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre.” (Marcos 13:32)  

Lo que Dios reveló y lo que reservó

Aunque existen distintas interpretaciones acerca de la relación entre el discurso escatológico de Jesús en el capítulo veinticuatro de Mateo y el arrebatamiento, ninguna de ellas concede permiso para anunciar una fecha para recoger a la Iglesia. La enseñanza específica del arrebatamiento describe lo que sucederá, pero no proporciona el día en que ocurrirá.

Asimismo, cuando los discípulos preguntaron acerca de la restauración del reino a Israel, Jesús respondió que no les correspondía conocer los tiempos o las ocasiones que el Padre había establecido bajo su propia autoridad (Hechos 1:6-7). Enseguida dirigió su atención a la misión: recibirían poder del Espíritu Santo y serían sus testigos (Hechos 1:8).

La orientación es profundamente significativa. El Señor nos llama a dar testimonio mientras esperamos. No nos encomienda descubrir mediante cálculos aquello que Él no ha revelado.

Tampoco sería correcto buscar una salida diciendo: “No sabemos el día ni la hora, pero sí podemos conocer el mes o el año”. Los pasajes que anuncian el arrebatamiento no nos ofrecen una fórmula para determinar esas fechas. Vincular acontecimientos actuales, fiestas bíblicas o secuencias numéricas hasta producir un calendario obligatorio excede lo que el texto permite afirmar.

La cercanía de su venida exige humildad

El capítulo trece de Romanos nos recuerda que nuestra salvación está más cerca de nosotros que cuando creímos: 

“Y esto, conociendo el tiempo, que es ya hora de levantarnos del sueño; porque ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos.” (Romanos 13:11) 

El capítulo cinco de Santiago nos exhorta a afirmar el corazón porque la venida del Señor se acerca:

“Tened también vosotros paciencia, y afirmad vuestros corazones; porque la venida del Señor se acerca.” (Santiago 5:8) 

Estas palabras alimentan nuestra esperanza y nos llaman a vivir con urgencia espiritual. Desde la perspectiva pretribulacional, esperamos que Cristo recoja a su Iglesia antes del período de la tribulación. Esta expectativa nos mueve a estar preparados para recibirlo en cualquier momento. Pero la inminencia no constituye una fecha: Expresa una disposición constante de esperanza y vigilancia.

Podemos reconocer acontecimientos que consideramos compatibles con el escenario profético, sin embargo, debemos distinguir entre lo que la Escritura afirma expresamente y las conclusiones que nosotros extraemos al observar las noticias. Nuestras interpretaciones deben permanecer sujetas a la Palabra, abiertas a corrección y libres de pretensiones de infalibilidad. La cercanía de su venida debe producir santidad, amor y diligencia. Cuando produce obsesión por los calendarios, temor descontrolado o dependencia de un supuesto revelador, hemos perdido el rumbo de la esperanza cristiana.

Lecciones dolorosas de la historia

La historia muestra las consecuencias de convertir interpretaciones humanas en anuncios que se presentan como certezas divinas. En el siglo XIX, William Miller sostuvo que Cristo regresaría entre 1843 y 1844 (Movimiento Millerita). Posteriormente, Samuel Snow promovió la fecha del 22 de octubre de 1844 (Movimiento del séptimo mes), que terminó siendo aceptada por numerosos integrantes del movimiento millerita. Cuando el regreso esperado no ocurrió, el episodio pasó a conocerse como el “Gran Chasco o la Gran Decepción”.

Aquí es necesario precisar el papel de Elena G. White, entonces conocida como Elena Harmon. Ella creyó en el mensaje de Miller y compartió aquella expectativa, pero no fue quien originó la fecha del 22 de octubre. Su posterior influencia en el adventismo no debe llevarnos a atribuirle la formulación inicial de esa predicción.

La lección permanece: Una interpretación puede despertar entusiasmo y atraer seguidores sin convertirse por ello en una revelación de Dios. Cuando una fecha anunciada fracasa, muchos quedan desorientados y algunos terminan cuestionando la promesa bíblica que el predicador pretendía defender. El error del anunciador no invalida la fidelidad de Cristo.

Un caso más reciente fue el de Harold Camping, quien anunció que el arrebatamiento ocurriría el 21 de mayo de 2011. Tras el fracaso de aquella predicción, mantuvo una expectativa del fin para el 21 de octubre del mismo año, que tampoco se cumplió. Algunos seguidores entregaron sus ahorros o se desprendieron de sus bienes convencidos de que el anuncio era verdadero.

Estos episodios muestran que establecer fechas puede afectar mucho más que la reputación de un líder; puede perjudicar la economía familiar, alterar decisiones importantes y debilitar la confianza espiritual de quienes reciben el mensaje.

También debemos recordar la tragedia de Jim Jones y el Templo del Pueblo, ocurrida en Guyana el 18 de noviembre de 1978. Tras el asesinato del congresista Leo Ryan y otras personas, Jones ordenó una muerte colectiva. Más de novecientas personas murieron en los hechos relacionados con aquella tragedia, muchas por envenenamiento. El FBI describe el episodio en términos de asesinatos y suicidios, dentro de un contexto de abuso y control.

Jonestown debe tratarse con precisión: no fue simplemente una fecha fallida del arrebatamiento, ni una enseñanza bíblica sobre cómo salir de este mundo. Fue una manifestación extrema de manipulación y sometimiento a un líder. La esperanza cristiana jamás autoriza provocar la propia muerte o la de otras personas. En el arrebatamiento, Cristo viene por su pueblo; ningún ser humano puede producir ese encuentro mediante una acción destructiva.

Estos casos tampoco deben utilizarse para ridiculizar a las víctimas o condenar indiscriminadamente a comunidades enteras. Nos corresponde aprender de lo ocurrido y advertir con verdad, compasión y responsabilidad. Estar preparados no significa abandonar nuestras responsabilidades

La Palabra nos manda a estar despiertos espiritualmente y vigilantes: 

“Por tanto, no durmamos como los demás, sino velemos y seamos sobrios.” (1 Tesalonicenses 5:6) 

La vigilancia aparece unida a la sobriedad, esto implica una mente despierta, juicio equilibrado y una conducta responsable. Esperar a Cristo no exige renunciar al trabajo, sacar a nuestros hijos de la escuela, vender todos nuestros bienes o encerrarnos a esperar una fecha anunciada por alguien. En la misma carta donde Pablo enseña acerca del arrebatamiento, también manda a vivir tranquilamente, ocuparse de las propias responsabilidades y trabajar diligentemente para cubrir todas nuestras necesidades diarias: 

“... que procuréis tener tranquilidad, y ocuparos en vuestros negocios, y trabajar con vuestras manos de la manera que os hemos mandado, a fin de que os conduzcáis honradamente para con los de afuera, y no tengáis necesidad de nada.” (1 Tesalonicenses 4:11-12)

“Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma. Porque oímos que algunos de entre vosotros andan desordenadamente, no trabajando en nada, sino entremetiéndose en lo ajeno. A los tales mandamos y exhortamos por nuestro Señor Jesucristo, que trabajando sosegadamente, coman su propio pan.” (2 Tesalonicenses 3:10-12) 

El padre y la madre deben continuar cuidando y formando a sus hijos, el estudiante debe seguir preparándose, el trabajador debe cumplir sus obligaciones, el pastor debe alimentar al rebaño, la Iglesia debe continuar evangelizando, discipulando y ayudando al necesitado. Si Cristo viene hoy, que nos encuentre haciendo su voluntad. 

¿Cómo se prepara la Iglesia?

La preparación comienza con una relación verdadera con Jesucristo. No basta conocer términos proféticos o dominar un esquema de los acontecimientos finales. Necesitamos haber recibido al Salvador y vivir sometidos a su Palabra. La esperanza de su venida también nos llama a la santidad;  quien espera a Cristo debe examinar su conducta, apartarse del pecado y cultivar una obediencia sincera: 

“Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro.” (1 Juan 3:2,3)

Además, debemos perseverar en la oración, congregarnos, reconciliarnos cuando sea necesario y servir con amor. La carta a los hebreos nos exhorta al estímulo mutuo, las buenas obras y la vida de comunidad.

“Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió. Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca.” (Hebreos 10:23-25) 

Necesitamos igualmente discernimiento; Dios nos ha dado la capacidad de probar los espíritus: 

“Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo…” (1 Juan 4:1,2)

“Examinadlo todo; retened lo bueno.” (1 Tesalonicenses 5:21) 

Un anuncio no adquiere autoridad divina porque sea emocionante, tenga millones de reproducciones o venga acompañado de una supuesta visión. Todo mensaje debe someterse a las Escrituras. Ningún líder tiene autoridad para exigir obediencia a una fecha que Dios no ha revelado.

Una esperanza que consuela y fortalece

Después de explicar el arrebatamiento, Pablo ordena que los creyentes se alienten unos a otros con esas palabras (1 Tesalonicenses 4:18). La promesa tiene el propósito de consolar y fortalecer a la Iglesia.

Por eso, debemos proclamarla con entusiasmo y reverencia, cuidándonos de añadir informacion que el Señor no nos ha dado. Debemos anunciar que Cristo viene, exhortar a estar preparados y enseñar la importancia de discernir nuestro tiempo, pero hagamoslo con la humildad de quienes conocen una promesa gloriosa, pero no poseen su fecha. No necesitamos conocer el día para vivir preparados cada día. Sigamos trabajando, cuidando a nuestras familias, predicando el evangelio y sirviendo al prójimo. Que nuestra expectativa se refleje en una vida santa, diligente y llena de amor. La oración de la Iglesia continúa siendo la misma: “Amén; sí, ven, Señor Jesús.” (Apocalipsis 22:20)



















Tuesday, September 29, 2026

 


El aumento mundial del antisemitismo: La antorcha profética de Zacarías se enciende en un mundo oscuro

En un mundo envuelto en la confusión geopolítica, el relativismo moral y una hostilidad espiritual cada vez más evidente, la Iglesia del Señor no camina a ciegas. El apóstol Pedro nos dejó una directriz inquebrantable en su segunda carta: 

“Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones.” (2 Pedro 1:19) 

Hoy, uno de los fenómenos más alarmantes y de más rápido crecimiento en el escenario internacional es el resurgimiento agresivo del antisemitismo global. Para el pueblo judío, no es una discusión abstracta: son amenazas, agresiones, daños a sus instituciones y el temor de expresar públicamente su identidad. Como cristianos, nos corresponde rechazar ese odio, dar apoyo a quienes lo padecen y examinar con cuidado lo que la Escritura anuncia acerca de Israel y Jerusalén:  

“¿Por qué se amotinan las gentes, y los pueblos piensan cosas vanas? Se levantarán los reyes de la tierra, y príncipes consultarán unidos contra Jehová y contra su ungido, diciendo: Rompamos sus ligaduras, y  echemos de nosotros sus cuerdas…” (Salmo 2:1-3) 

Lo que los analistas políticos, sociólogos y medios de comunicación intentan explicar como simples tensiones de Oriente Medio o choques culturales, la Biblia lo define con precisión milimétrica desde hace miles de años. No estamos ante un fenómeno casual; estamos presenciando el desarrollo del cumplimiento profético de la Palabra de Dios, particularmente bajo la luz de las profecías de Zacarías: “Jerusalén: La piedra pesada para las naciones.”  

El libro de Zacarías contiene algunas de las descripciones más detalladas e impactantes sobre el panorama geopolítico de los últimos tiempos. En el capítulo doce, el Señor habla de manera directa sobre el destino de Jerusalén y la actitud que los gobiernos de la Tierra tomarían en su contra: 

“He aquí yo pongo a Jerusalén por copa de temblor a todos los pueblos de alrededor... Y en aquel día yo pondré a Jerusalén por piedra pesada a todos los pueblos; todos los que se la cargaren serán despedazados, bien que todas las naciones de la tierra se juntarán contra ella.” (Zacarías 12:2-3)

La expresión “copa de temblor” (o copa de vértigo) evoca la imagen de naciones que pierden el juicio, la razón y el equilibrio al tratar de resolver el conflicto de Israel. Por su parte, la “piedra pesada” nos muestra que cualquier coalición global que intente remover, dividir o destruir la soberanía de Israel terminará herida e incapaz de sostener el peso de la soberanía divina sobre ese pueblo. El repunte del odio antijudío en universidades, organismos internacionales, redes sociales y capitales del mundo occidental no es más que el calentamiento espiritual para este escenario. Las naciones se están alineando, de manera inconsciente pero guiadas por un espíritu de rebelión, para dar cumplimiento a la reunión global contra Jerusalén. 

La raíz espiritual del odio contra Israel

¿Por qué este odio irracional persiste a lo largo de los siglos, sobreviviendo a imperios, pogromos y al Holocausto? El antisemitismo no es un mero prejuicio racial; es una guerra espiritual. Satanás sabe que la fidelidad de Dios está ligada a su pacto con la descendencia de Abraham, Isaac y Jacob, y comprende perfectamente que el regreso del Mesías está conectado con la redención y el clamor de Jerusalén.

Zacarías predice un momento de quiebre espiritual absoluto para la nación de Israel, un evento que desatará su restauración final: 

“Y derramaré sobre la casa de David, y sobre los moradores de Jerusalén, espíritu de gracia y de oración; y mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito, afligiéndose por él como quien se aflige por el primogénito.” (Zacarías 12:10) 

El enemigo de nuestras almas busca la aniquilación del pueblo judío para intentar demostrar que las promesas de Dios fallaron y evitar este reconocimiento nacional de Yeshúa (Jesús) como su Mesías Salvador, incluso evitar la segunda venida, aniquilando al pueblo escogido que Él viene a rescatar: 

“... porque habrá entonces gran tribulación, cual no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá. Y si aquellos días no fuesen acortados, nadie sería salvo; mas por causa de los escogidos, aquellos días serán acortados.” (Mateo 24:21,22)  

Pero los diseños del Altísimo son inalterables. 

Una antorcha en lugar oscuro

Mientras el mundo se sumerge en las tinieblas de la intolerancia y el cumplimiento de las profecías del final de los tiempos, el pueblo del Señor levanta la verdad de las Escrituras como una antorcha encendida. El antisemitismo actual no debe sembrar miedo en el creyente, sino urgencia y discernimiento. La profecía bíblica no se nos dio para asustarnos, sino para ubicarnos en el mapa cronológico de Dios. Cuando vemos que la hostilidad hacia Israel se globaliza, la Palabra nos recuerda que el reloj profético avanza y que Aquel que guarda a Israel no fallará en cumplir sus promesas para ellos: 


“He aquí, no se adormecerá ni dormirá El que guarda a Israel.” (Salmo 121:4)

Conclusión: Nuestra postura como Iglesia

Como linaje escogido y participantes del Nuevo Pacto, la Iglesia de Cristo debe rechazar enérgicamente el odio contra el pueblo judío. Nuestra labor en estos tiempos oscuros es diversa:  

  1. Permanecer atentos- Velar y discernir los tiempos usando la Palabra de Dios como nuestro único filtro de realidad. 

  2. Orar por la paz- Cumplir el mandato de orar por la paz de Jerusalén (Salmo 122:6), sabiendo que su paz definitiva vendrá con el retorno del Rey de Reyes, cuando sus pies se afirmarán en aquel día sobre el monte de los Olivos.” (Zacarías 14:4) 

  3. Condenar la conducta antisemita- Amenazar a una familia judía, atacar una sinagoga, difundir conspiraciones contra los judíos o atribuir a todos ellos las acciones de un gobierno es injustificable. Es legítimo examinar las políticas de cualquier Estado, incluido Israel; esa crítica no debe convertirse en odio contra un pueblo. Nuestro amor por Israel tampoco debe disminuir nuestra compasión por los civiles palestinos ni por otras víctimas de la violencia.

La noche avanza, pero la antorcha de la profecía brilla con más fuerza que nunca.:

“... conociendo el tiempo, que es ya hora de levantarnos del sueño; porque ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos. La noche está avanzada, y se acerca el día. Desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz. Andemos como de día, honestamente; no en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contiendas y envidia, sino vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne.” (Romanos 13:11-14)   


Tuesday, September 22, 2026

El Tiempo de los Gentiles y la Plenitud de los Gentiles: Parecidos, pero no iguales

Hay expresiones proféticas en las Escrituras que, por su semejanza, pueden confundirse fácilmente. Dos de ellas son “los tiempos de los gentiles” y “la plenitud de los gentiles”. Aunque ambas están relacionadas con el programa profético de Dios para las naciones y para Israel, no describen exactamente lo mismo. Una tiene que ver principalmente con el dominio político de las naciones gentiles sobre Jerusalén y el escenario mundial; la otra, con la entrada de los gentiles en el propósito salvador de Dios durante el período en que Israel experimenta un endurecimiento parcial. Comprender esta diferencia nos ayuda a colocar correctamente varias piezas importantes del rompecabezas profético.

1. Los tiempos de los gentiles

Jesús declaró: “Y Jerusalén será hollada por los gentiles, hasta que los tiempos de los gentiles se cumplan”. (Lucas 21:24)    

La expresión utilizada por el Señor apunta a un período caracterizado por el predominio gentil sobre Jerusalén y en un sentido profético más amplio, por el gobierno de las potencias gentiles en el escenario mundial. Sus raíces proféticas nos llevan al libro de Daniel. En el capítulo dos de Daniel, Nabucodonosor contempla en sueños una enorme imagen compuesta de diferentes materiales. Daniel revela que aquella imagen representaba una sucesión de reinos humanos. La cabeza de oro representaba a Babilonia; después vendrían otros imperios hasta llegar finalmente a los pies de hierro mezclado con barro. Pero entonces sucede algo extraordinario: “Una piedra fue cortada, no con mano, e hirió a la imagen en sus pies de hierro y de barro cocido, y los desmenuzó.” (Daniel 2:34)

Posteriormente el profeta explica: “Y en los días de estos reyes el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido”. (Daniel 2:44) La piedra representa el Reino de Dios, en la persona del Mesías Jesucristo. 

2. ¿Cuándo comenzaron los tiempos de los gentiles?

Históricamente, Jerusalén cayó ante Nabucodonosor y el templo fue destruido aproximadamente en 586/587 a. C. Judá perdió su soberanía nacional y comenzó una larga etapa de sometimiento bajo potencias gentiles. Babilonia fue seguida por Medo-Persia, Grecia y Roma. Y aunque las formas de gobierno han cambiado a través de los siglos, desde la perspectiva profética de Daniel el sistema de gobierno humano gentil continúa hasta su confrontación final con el Señor Jesucristo, Rey de Reyes y Señor de señores.     

Por eso, los tiempos de los gentiles no deben confundirse simplemente con el período de la Iglesia. Comenzaron siglos antes del nacimiento de la Iglesia y alcanzarán su culminación cuando Cristo regrese en gloria. Será entonces cuando la Piedra golpeará definitivamente la estructura de los reinos humanos y Cristo establecerá su Reino.

3. La plenitud de los gentiles

Pablo utiliza una expresión diferente: “Porque no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio, para que no seáis arrogantes en cuanto a vosotros mismos: que ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles.” (Romanos 11:25)    

Aquí el énfasis cambia. El capítulo veintiuno de Lucas habla de “los tiempos de los gentiles”; en cambio, Romanos once dice: La plenitud de los gentiles. Esta expresión se relaciona particularmente con el propósito redentor de Dios, durante el endurecimiento parcial de Israel, donde el evangelio ha salido poderosamente hacia las naciones. Esto no significa que ningún judío pueda salvarse durante este período. Pablo mismo era israelita, y a través de toda la historia de la Iglesia han existido judíos creyentes en Jesús como Mesías. Por eso Pablo cuidadosamente dice: Endurecimiento en parte, no es total, tampoco es permanente. Tiene un límite establecido por Dios: “hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles”.

Dos relojes proféticos diferentes

Podemos expresarlo de una manera sencilla: Los tiempos de los gentiles tienen un énfasis político y gubernamental. La plenitud de los gentiles tiene un énfasis redentor y espiritual.

Los tiempos de los gentiles describen el período durante el cual las potencias gentiles dominan el escenario mundial relacionado con Jerusalén. La plenitud de los gentiles señala el propósito de Dios de llamar de entre las naciones un pueblo para su nombre, mientras Israel permanece bajo endurecimiento parcial. Son dos períodos que se superponen durante una parte considerable de la historia, pero no comenzaron necesariamente al mismo tiempo ni tienen exactamente la misma función profética.

La Iglesia y la plenitud de los gentiles

Después de la muerte, resurrección y ascensión de Cristo, y particularmente a partir de Pentecostés, comenzó la formación de la Iglesia. El Evangelio salió de Jerusalén, pasó a Judea y Samaria y alcanzó hasta lo último de la tierra. Pero el capítulo quince de Hechos presenta una declaración sumamente significativa: “Dios visitó por primera vez a los gentiles, para tomar de ellos pueblo para su nombre.” (Hechos 15:14) 

Esto se entiende como la formación de un pueblo con una identidad y vocación particular: La Iglesia, integrada por judíos y gentiles creyentes en Cristo. Esto no significa que los gentiles se conviertan en Israel, ni que la Iglesia absorba o reemplace al Israel nacional. Pablo mantiene las dos líneas, por un lado está ocurriendo la entrada de los gentiles; por otro, Israel continúa existiendo como el pueblo nacional respecto del cual permanecen vigentes las promesas y el llamamiento de Dios. La Iglesia posee un llamamiento predominantemente celestial y espiritual; Israel conserva las promesas nacionales y terrenales que alcanzarán su cumplimiento en el Reino mesiánico y milenial.

Por eso, cuando Pablo habla de la entrada de la plenitud de los gentiles en Romanos 11:25, inmediatamente continúa hablando de Israel: “Y luego todo Israel será salvo.” (Romanos 11:26) 

Mientras Dios está tomando de entre las naciones un pueblo para su nombre, Israel permanece bajo un endurecimiento parcial y temporal. Pero llegará el momento determinado por Dios en que ese endurecimiento será removido y el Señor llevará a cumplimiento las promesas hechas a la nación.

Tenemos, por tanto, dos líneas proféticas que no debemos confundir:

  1. La línea de la Iglesia, relacionada con un pueblo llamado de entre judíos y gentiles, unido espiritualmente a Cristo y destinado a estar con Él.

  2. La línea de Israel, que conserva su identidad nacional y territorial, avanzando proféticamente hacia su restauración, el reconocimiento de su Mesías y el establecimiento del Reino milenial.

Estas líneas se relacionan dentro del propósito redentor de Dios, pero no deben fusionarse hasta hacer desaparecer las distinciones que la profecía bíblica mantiene entre Israel y la Iglesia. La salvación de los gentiles a través de la Iglesia, no cancela el pacto ni las promesas de Dios con Israel. Dios está desarrollando propósitos distintos que finalmente convergen bajo el señorío del Mesías Jesucristo. 

¿Qué relación tiene esto con la séptima trompeta?

“El séptimo ángel tocó la trompeta, y hubo grandes voces en el cielo, que decían: Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos.” (Apocalipsis 11:15)    

Proféticamente encontramos aquí un punto de transición extraordinario, la séptima trompeta anuncia la certeza de que los reinos de este mundo pertenecen finalmente al Señor y a su Cristo. Desde este punto, los acontecimientos avanzan inexorablemente hacia la destrucción del sistema de la Bestia, la intervención divina en favor de Israel y el regreso glorioso de Jesucristo. Los acontecimientos asociados con la séptima trompeta señalan una transición decisiva hacia la fase final del trato de Dios con Israel y las naciones.

Una vez concluida la época de la plenitud de los gentiles, Dios vuelve su atención profética hacia Israel, para su restauración final. El capítulo doce de Apocalipsis presenta a Israel bajo una terrible persecución. La mujer (figura profética de Israel) huye al lugar preparado por Dios mientras el dragón procura destruirla. En el capítulo veinticuatro de Mateo, Jesús advirtió: “Entonces los que estén en Judea, huyan a los montes.” (Mateo 24:16) 

La presión sobre Israel alcanzará dimensiones únicas en la historia: “¡Ah, cuán grande es aquel día! tanto, que no hay otro semejante a él; tiempo de angustia para Jacob; pero de ella será librado.” (Jeremías 30:7)   

Pero aquello que parecerá significar su destrucción será utilizado providencialmente para conducir al remanente hacia su Mesías: “Y derramaré sobre la casa de David, y sobre los moradores de Jerusalén, espíritu de gracia y de oración; y mirarán a mí, a quien traspasaron,” (Zacarías 12:10) 

Y Pablo declara: “Y luego todo Israel será salvo.” (Romanos 11:26)  

No significa necesariamente que cada israelita individual será salvo automáticamente, sino que habrá una conversión nacional del remanente de Israel, que reconocerá finalmente a Jesús como el Mesías prometido.

La Piedra golpeará la imagen

La época presente no terminará con el triunfo del anticristo, ni con el gobierno mundial de la Bestia, tampoco con una organización internacional, ni con un imperio humano; terminará con la intervención del Señor Jesucristo como Rey de reyes y Señor de señores. Él es la piedra cortada del monte que impactará los reinos del mundo y los desmenuzará, estableciendo en su lugar el gobierno perfecto de Dios sobre el mundo: “Estabas mirando, hasta que una piedra fue cortada, no con mano, e hirió a la imagen en sus pies de hierro y de barro cocido, y los desmenuzó… Y en los días de estos reyes el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido, ni será el reino dejado a otro pueblo; desmenuzará y consumirá a todos estos reinos, pero él permanecerá para siempre,” (Daniel 2:34,44) 

Los gobiernos humanos que se levantaron orgullosamente contra Dios, llegarán a su final. Entonces se cumplirá plenamente el anuncio divino: 

“El séptimo ángel tocó la trompeta, y hubo grandes voces en el cielo, que decían: Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos.” (Apocalipsis 11:15) 

Con este gran decreto se completa el tiempo de la plenitud de los gentiles; lo que viene después es la destrucción del gobierno de la bestia, con todo su andamiaje; a la vez se producira el arrepentimiento nacional del remanente fiel y la conversión de Israel. 

Notemos que en el capítulo doce se ilustra la persecución de Satanás contra Israel, lo que obliga al remanente fiel a huir al desierto, conforme a las instrucciones dadas por el propio Jesús hace muchos años: 

“Por tanto, cuando veáis en el lugar santo la abominación desoladora de que habló el profeta Daniel (el que lee, entienda), entonces los que estén en Judea, huyan a los montes. El que esté en la azotea, no descienda para tomar algo de su casa; y el que esté en el campo, no vuelva atrás para tomar su capa. Mas ¡ay de las que estén encintas, y de las que críen en aquellos días! Orad, pues, que vuestra huida no sea en invierno ni en día de reposo; porque habrá entonces gran tribulación, cual no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá. Y si aquellos días no fuesen acortados, nadie sería salvo; mas por causa de los escogidos, aquellos días serán acortados.” (Mateo 24:15-22) 

Conclusión: tres acontecimientos que no debemos confundir

  1. El arrebatamiento de la Iglesia termina la misión terrenal de la Iglesia en su condición presente, pero no significa que ningún gentil pueda salvarse después. La plenitud de los gentiles tiene que ver con el propósito redentor de Dios entre las naciones mientras Israel permanece bajo endurecimiento parcial. Este proceso continúa más allá del arrebatamiento y encuentra una frontera profética decisiva alrededor de la séptima trompeta. 

  2. Los tiempos de los gentiles tienen un alcance político y gubernamental mucho más extenso. Comenzaron con el dominio gentil sobre Jerusalén, en tiempos de  Nabucodonosor y culminarán definitivamente con la intervención del Mesías y el establecimiento de su Reino. (Romanos 11:25-27; Apocalipsis 7:9-17) 

  3. La séptima trompeta anuncia la completación de la plenitud de los gentiles: “Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo.” Daniel contempló la Piedra, Juan escuchó la trompeta, Pablo anunció la restauración de Israel y las tres líneas proféticas convergen finalmente en una Persona: “... Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén.” (Apocalipsis 1:5,6)