El Año de la buena voluntad del Señor
Desde el nacimiento de Cristo al arrebatamiento de la Iglesia
La profecía bíblica no solamente anuncia tiempos de juicio y restauración futura. También revela un período extraordinario de gracia, favor divino y proclamación del evangelio, que el profeta Isaías describió como “el año de la buena voluntad de Jehová” y que Jesucristo identificó directamente con su propia misión mesiánica.
Isaías declaró: “El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel; a proclamar el año de la buena voluntad de Jehová...” (Isaías 61:1,2)
Siglos después, Jesús entró en la sinagoga de Nazaret, recibió el rollo del profeta Isaías y leyó precisamente este pasaje. Al terminar, cerró el libro y declaró: “Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros.” (Lucas 4:21)
Con estas palabras, Cristo se identificó como el Ungido anunciado por Isaías y como Aquel en quien comenzaba a manifestarse de manera plena la buena voluntad de Dios hacia los seres humanos.
Belén y el anuncio del favor de Dios
Cuando Jesús nació en Belén de Judea, habían unos pastores apacentando sus rebaños, cerca de la misma región. De repente se les presentó un ángel del Señor y la misma gloria de Dios los rodeó con su resplandor. Los pastores sintieron temor ante un acontecimiento tan inusual, pero el ángel los tranquiliza y les anuncia la grandiosa noticia del nacimiento del Salvador Jesús. Les dió unas instrucciones específicas para que llegaran hasta el pesebre. Seguidamente se les aparecieron una multitud de ángeles que alababan a Dios y proclamaban el nacimiento del Ungido del Señor y el comienzo de la época de la buena voluntad de Dios sobre los seres humanos:
“... el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor. Esto os servirá de señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre. Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios, y decían: ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” (Lucas 2:14)
El anuncio angelical mostraba que Dios había tomado la iniciativa de acercarse al ser humano. No fue la humanidad quien produjo primero una buena voluntad para buscar a Dios. Fue Dios quien manifestó su gracia enviando a su Hijo al mundo:
“... Fui hallado de los que no me buscaban; me manifesté a los que no preguntaban por mí.” (Romanos 10:20)
“En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados… Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.” (1 Juan 4:10,19)
En ese sentido, el nacimiento de Cristo marca históricamente el comienzo de una nueva manifestación del favor divino. El Mesías había llegado, la buena voluntad de Dios comenzaba a hacerse visible en la persona de Jesucristo.
El año agradable del Señor en el ministerio de Jesús
Aproximadamente treinta años después, el Señor comenzó su ministerio público, entonces pudo verse de manera palpable lo que Isaías había anunciado:
- Cristo predicó las buenas noticias de salvación
- Sanó enfermos
- Libertó a los oprimidos
- Restauró vidas
- Perdonó pecados
- Anunció el reino de Dios con poder, autoridad y manifestación sobrenatural del Espíritu Santo. El “Año Agradable del Señor” no era simplemente una expresión poética, era una realidad que se estaba manifestando en la persona y obra del Mesías. Jesús era la expresión visible de la buena voluntad de Dios hacia la humanidad.
Podemos notar una pausa profética extraordinaria: Cuando Jesús leyó el pasaje de Isaías 61, se detuvo después de las palabras: “A predicar el año agradable del Señor”. Sin embargo, Isaías continuaba diciendo: “y el día de venganza del Dios nuestro”. Jesús no leyó esa parte, cerró el rollo antes de llegar a ella. Esta pausa tiene un profundo significado profético; Isaías había colocado en una misma frase dos períodos distintos: El año de la buena voluntad de Jehová y el día de venganza del Dios nuestro. El primero corresponde al tiempo de la gracia, donde se proclama el favor inmerecido de Dios para la Humanidad. El segundo corresponde al juicio futuro de Dios o período de la tribulación. Entre ambos se abre un amplio intervalo de tiempo donde se encuentra la presente dispensación de la Iglesia.
Pentecostés y la Iglesia investida de poder
Después de la muerte, resurrección y ascensión de Jesucristo, comenzó una nueva etapa. Antes de ascender, Jesús prometió a sus discípulos:
“Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo.” (Hechos 1:8)
Esa promesa se cumplió en Pentecostés. El Espíritu Santo descendió sobre los creyentes reunidos en el Aposento Alto y la Iglesia fue investida con poder para continuar la misión de Cristo en el mundo. Desde ese momento, la Iglesia comenzó a proclamar el evangelio con autoridad y demostración del poder de Dios. Sanidades, milagros, liberaciones, profecías, visiones, sueños y otras manifestaciones del Espíritu acompañaron la expansión del evangelio.
Pablo explicó posteriormente que el Espíritu Santo distribuye dones sobrenaturales a la Iglesia conforme a su voluntad y propósito entre ellos:
“... a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho. Porque a éste es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe por el mismo Espíritu; y a otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu. A otro, el hacer milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversos géneros de lenguas; y a otro, interpretación de lenguas. Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere.” (1 Corintios 12:7-11)
Joel y la vida sobrenatural de la Iglesia
El profeta Joel había hablado sobre este tiempo y las señales que traería consigo:
“Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días. Y daré prodigios en el cielo y en la tierra, sangre, y fuego, y columnas de humo. El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día grande y espantoso de Jehová. Y todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo; porque en el monte de Sion y en Jerusalén habrá salvación, como ha dicho Jehová, y entre el remanente al cual él habrá llamado.” (Joel 2:28-32)
El apóstol Pedro citó este pasaje el día de Pentecostés porque aquello que Joel había anunciado comenzaba a manifestarse:
“... esto es lo dicho por el profeta Joel: Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños…” (Hechos 2:16,17)
Por tanto, desde Pentecostés, la Iglesia vive bajo una nueva dimensión de la obra del Espíritu Santo. La profecía, las visiones, los sueños y los dones espirituales no deben considerarse elementos extraños dentro de la vida de la Iglesia. Forman parte de la actividad soberana del Espíritu Santo durante esta dispensación. Naturalmente, toda manifestación espiritual debe ser examinada y sometida a la autoridad de la Palabra de Dios, el Espíritu Santo nunca contradice la Escritura y siempre glorifica a Jesucristo.
La Iglesia como instrumento de la buena voluntad de Dios
La Iglesia continúa hoy la misión que Cristo comenzó; no reemplaza a Cristo, tampoco ocupa su lugar; actúa como su cuerpo sobre la tierra. Por medio de la Iglesia, el evangelio continúa siendo proclamado, los quebrantados reciben esperanza, los cautivos espirituales encuentran libertad, los enfermos son sanados al presentarlos en oración delante de Dios, los pecadores escuchan el mensaje de reconciliación. Las naciones reciben el anuncio de que hay salvación en Jesucristo, por eso podemos entender la era de la Iglesia como parte de ese gran período profético del favor de Dios.
La buena voluntad de Jehová que se manifestó en Belén continúa siendo proclamada por la Iglesia mediante el evangelio. Desde Belén hasta el arrebatamiento podemos observar una hermosa secuencia:
- En Belén llega el Salvador
- Durante el ministerio de Cristo: se manifiesta la buena voluntad de Dios
- En la muerte y resurrección de Jesús se completa la obra redentora
- En Pentecostés la Iglesia recibe poder
- Durante la era de la Iglesia: el evangelio es proclamado a las naciones
- Con el arrebatamiento termina la misión terrenal de la Iglesia en esta dispensación
El arrebatamiento marca el cierre de esta etapa. Cristo vendrá por su Iglesia y los creyentes serán transformados y arrebatados para recibir al Señor en el aire:
“Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor.” (1 Tesalonicenses 4:16,17)
Seguidamente el programa profético avanzará hacia la semana setenta de Daniel y hacia los acontecimientos relacionados con el Día del Señor; será la transición desde el año de la buena voluntad de Jehová al día de venganza del Dios nuestro.
Aquí vuelve a cobrar fuerza la pausa que Jesús hizo en el capítulo sesenta y uno de Isaías. Jesús no vino anunciando el tiempo de juicio, aunque habló algunas cosas, vino primordialmente para anunciar la manifestación del amor de Dios hacia la Humanidad caída:
“Jehová desnudó su santo brazo ante los ojos de todas las naciones, y todos los confines de la tierra verán la salvación del Dios nuestro.” (Isaías 52:10)
La Iglesia vive actualmente dentro del período de la gracia o año de la buena voluntad del Señor, es tiempo de predicar, tenemos la encomienda de anunciar la salvación en Jesucristo, hacer el llamado al arrepentimiento, manifestar el poder sobrenatural del Espíritu Santo y llevar las buenas nuevas hasta lo último de la tierra.
Sin embargo, esta etapa no continuará indefinidamente, llegará el momento cuando la Iglesia será arrebatada y el escenario profético cambiará. Comenzarán a desarrollarse los acontecimientos que conducirán hacia el Día del Señor.
Una puerta todavía abierta
Mientras la Iglesia permanezca en la tierra, el mensaje continúa siendo el mismo: Dios está llamando a los seres humanos a reconciliarse con Él por medio de Jesucristo. La Iglesia no debe permanecer pasiva, ha sido ungida por el Espíritu Santo para cumplir una misión. Cristo vino a buscar y salvar lo que se había perdido. La Iglesia continúa anunciando ese mismo mensaje hasta que Él venga por ella.
El año agradable del Señor comenzó a manifestarse con la llegada del Mesías, fue confirmado en su ministerio, fue extendido mediante Pentecostés y continuará durante la presente dispensación hasta que Cristo venga por su Iglesia. Después, la profecía avanzará hacia aquella segunda expresión que Jesús dejó sin leer en Nazaret: “El día de venganza del Dios nuestro”. Hoy todavía vivimos en el tiempo del llamado, la puerta de salvación sigue abierta. Mientras esa puerta permanezca abierta, la misión de la Iglesia continúa:
“Porque todos vosotros sois hijos de luz e hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas. Por tanto, no durmamos como los demás, sino velemos y seamos sobrios. Pues los que duermen, de noche duermen, y los que se embriagan, de noche se embriagan. Pero nosotros, que somos del día, seamos sobrios, habiéndonos vestido con la coraza de fe y de amor, y con la esperanza de salvación como yelmo. Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo…” (1 Tesalonicenses 5:5-9)
“La noche está avanzada, y se acerca el día. Desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz. Andemos como de día, honestamente; no en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contiendas y envidia, sino vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne.” (Romanos 13:12-14)



