El Tiempo de los Gentiles y la Plenitud de los Gentiles: Parecidos, pero no iguales
Hay expresiones proféticas en las Escrituras que, por su semejanza, pueden confundirse fácilmente. Dos de ellas son “los tiempos de los gentiles” y “la plenitud de los gentiles”. Aunque ambas están relacionadas con el programa profético de Dios para las naciones y para Israel, no describen exactamente lo mismo. Una tiene que ver principalmente con el dominio político de las naciones gentiles sobre Jerusalén y el escenario mundial; la otra, con la entrada de los gentiles en el propósito salvador de Dios durante el período en que Israel experimenta un endurecimiento parcial. Comprender esta diferencia nos ayuda a colocar correctamente varias piezas importantes del rompecabezas profético.
1. Los tiempos de los gentiles
Jesús declaró: “Y Jerusalén será hollada por los gentiles, hasta que los tiempos de los gentiles se cumplan”. (Lucas 21:24)
La expresión utilizada por el Señor apunta a un período caracterizado por el predominio gentil sobre Jerusalén y en un sentido profético más amplio, por el gobierno de las potencias gentiles en el escenario mundial. Sus raíces proféticas nos llevan al libro de Daniel. En el capítulo dos de Daniel, Nabucodonosor contempla en sueños una enorme imagen compuesta de diferentes materiales. Daniel revela que aquella imagen representaba una sucesión de reinos humanos. La cabeza de oro representaba a Babilonia; después vendrían otros imperios hasta llegar finalmente a los pies de hierro mezclado con barro. Pero entonces sucede algo extraordinario: “Una piedra fue cortada, no con mano, e hirió a la imagen en sus pies de hierro y de barro cocido, y los desmenuzó.” (Daniel 2:34)
Posteriormente el profeta explica: “Y en los días de estos reyes el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido”. (Daniel 2:44) La piedra representa el Reino de Dios, en la persona del Mesías Jesucristo.
2. ¿Cuándo comenzaron los tiempos de los gentiles?
Históricamente, Jerusalén cayó ante Nabucodonosor y el templo fue destruido aproximadamente en 586/587 a. C. Judá perdió su soberanía nacional y comenzó una larga etapa de sometimiento bajo potencias gentiles. Babilonia fue seguida por Medo-Persia, Grecia y Roma. Y aunque las formas de gobierno han cambiado a través de los siglos, desde la perspectiva profética de Daniel el sistema de gobierno humano gentil continúa hasta su confrontación final con el Señor Jesucristo, Rey de Reyes y Señor de señores.
Por eso, los tiempos de los gentiles no deben confundirse simplemente con el período de la Iglesia. Comenzaron siglos antes del nacimiento de la Iglesia y alcanzarán su culminación cuando Cristo regrese en gloria. Será entonces cuando la Piedra golpeará definitivamente la estructura de los reinos humanos y Cristo establecerá su Reino.
3. La plenitud de los gentiles
Pablo utiliza una expresión diferente: “Porque no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio, para que no seáis arrogantes en cuanto a vosotros mismos: que ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles.” (Romanos 11:25)
Aquí el énfasis cambia. El capítulo veintiuno de Lucas habla de “los tiempos de los gentiles”; en cambio, Romanos once dice: La plenitud de los gentiles. Esta expresión se relaciona particularmente con el propósito redentor de Dios, durante el endurecimiento parcial de Israel, donde el evangelio ha salido poderosamente hacia las naciones. Esto no significa que ningún judío pueda salvarse durante este período. Pablo mismo era israelita, y a través de toda la historia de la Iglesia han existido judíos creyentes en Jesús como Mesías. Por eso Pablo cuidadosamente dice: Endurecimiento en parte, no es total, tampoco es permanente. Tiene un límite establecido por Dios: “hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles”.
Dos relojes proféticos diferentes
Podemos expresarlo de una manera sencilla: Los tiempos de los gentiles tienen un énfasis político y gubernamental. La plenitud de los gentiles tiene un énfasis redentor y espiritual.
Los tiempos de los gentiles describen el período durante el cual las potencias gentiles dominan el escenario mundial relacionado con Jerusalén. La plenitud de los gentiles señala el propósito de Dios de llamar de entre las naciones un pueblo para su nombre, mientras Israel permanece bajo endurecimiento parcial. Son dos períodos que se superponen durante una parte considerable de la historia, pero no comenzaron necesariamente al mismo tiempo ni tienen exactamente la misma función profética.
La Iglesia y la plenitud de los gentiles
Después de la muerte, resurrección y ascensión de Cristo, y particularmente a partir de Pentecostés, comenzó la formación de la Iglesia. El Evangelio salió de Jerusalén, pasó a Judea y Samaria y alcanzó hasta lo último de la tierra. Pero el capítulo quince de Hechos presenta una declaración sumamente significativa: “Dios visitó por primera vez a los gentiles, para tomar de ellos pueblo para su nombre.” (Hechos 15:14)
Esto se entiende como la formación de un pueblo con una identidad y vocación particular: La Iglesia, integrada por judíos y gentiles creyentes en Cristo. Esto no significa que los gentiles se conviertan en Israel, ni que la Iglesia absorba o reemplace al Israel nacional. Pablo mantiene las dos líneas, por un lado está ocurriendo la entrada de los gentiles; por otro, Israel continúa existiendo como el pueblo nacional respecto del cual permanecen vigentes las promesas y el llamamiento de Dios. La Iglesia posee un llamamiento predominantemente celestial y espiritual; Israel conserva las promesas nacionales y terrenales que alcanzarán su cumplimiento en el Reino mesiánico y milenial.
Por eso, cuando Pablo habla de la entrada de la plenitud de los gentiles en Romanos 11:25, inmediatamente continúa hablando de Israel: “Y luego todo Israel será salvo.” (Romanos 11:26)
Mientras Dios está tomando de entre las naciones un pueblo para su nombre, Israel permanece bajo un endurecimiento parcial y temporal. Pero llegará el momento determinado por Dios en que ese endurecimiento será removido y el Señor llevará a cumplimiento las promesas hechas a la nación.
Tenemos, por tanto, dos líneas proféticas que no debemos confundir:
La línea de la Iglesia, relacionada con un pueblo llamado de entre judíos y gentiles, unido espiritualmente a Cristo y destinado a estar con Él.
La línea de Israel, que conserva su identidad nacional y territorial, avanzando proféticamente hacia su restauración, el reconocimiento de su Mesías y el establecimiento del Reino milenial.
Estas líneas se relacionan dentro del propósito redentor de Dios, pero no deben fusionarse hasta hacer desaparecer las distinciones que la profecía bíblica mantiene entre Israel y la Iglesia. La salvación de los gentiles a través de la Iglesia, no cancela el pacto ni las promesas de Dios con Israel. Dios está desarrollando propósitos distintos que finalmente convergen bajo el señorío del Mesías Jesucristo.
¿Qué relación tiene esto con la séptima trompeta?
“El séptimo ángel tocó la trompeta, y hubo grandes voces en el cielo, que decían: Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos.” (Apocalipsis 11:15)
Proféticamente encontramos aquí un punto de transición extraordinario, la séptima trompeta anuncia la certeza de que los reinos de este mundo pertenecen finalmente al Señor y a su Cristo. Desde este punto, los acontecimientos avanzan inexorablemente hacia la destrucción del sistema de la Bestia, la intervención divina en favor de Israel y el regreso glorioso de Jesucristo. Los acontecimientos asociados con la séptima trompeta señalan una transición decisiva hacia la fase final del trato de Dios con Israel y las naciones.
Una vez concluida la época de la plenitud de los gentiles, Dios vuelve su atención profética hacia Israel, para su restauración final. El capítulo doce de Apocalipsis presenta a Israel bajo una terrible persecución. La mujer (figura profética de Israel) huye al lugar preparado por Dios mientras el dragón procura destruirla. En el capítulo veinticuatro de Mateo, Jesús advirtió: “Entonces los que estén en Judea, huyan a los montes.” (Mateo 24:16)
La presión sobre Israel alcanzará dimensiones únicas en la historia: “¡Ah, cuán grande es aquel día! tanto, que no hay otro semejante a él; tiempo de angustia para Jacob; pero de ella será librado.” (Jeremías 30:7)
Pero aquello que parecerá significar su destrucción será utilizado providencialmente para conducir al remanente hacia su Mesías: “Y derramaré sobre la casa de David, y sobre los moradores de Jerusalén, espíritu de gracia y de oración; y mirarán a mí, a quien traspasaron,” (Zacarías 12:10)
Y Pablo declara: “Y luego todo Israel será salvo.” (Romanos 11:26)
No significa necesariamente que cada israelita individual será salvo automáticamente, sino que habrá una conversión nacional del remanente de Israel, que reconocerá finalmente a Jesús como el Mesías prometido.
La Piedra golpeará la imagen
La época presente no terminará con el triunfo del anticristo, ni con el gobierno mundial de la Bestia, tampoco con una organización internacional, ni con un imperio humano; terminará con la intervención del Señor Jesucristo como Rey de reyes y Señor de señores. Él es la piedra cortada del monte que impactará los reinos del mundo y los desmenuzará, estableciendo en su lugar el gobierno perfecto de Dios sobre el mundo: “Estabas mirando, hasta que una piedra fue cortada, no con mano, e hirió a la imagen en sus pies de hierro y de barro cocido, y los desmenuzó… Y en los días de estos reyes el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido, ni será el reino dejado a otro pueblo; desmenuzará y consumirá a todos estos reinos, pero él permanecerá para siempre,” (Daniel 2:34,44)
Los gobiernos humanos que se levantaron orgullosamente contra Dios, llegarán a su final. Entonces se cumplirá plenamente el anuncio divino:
“El séptimo ángel tocó la trompeta, y hubo grandes voces en el cielo, que decían: Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos.” (Apocalipsis 11:15)
Con este gran decreto se completa el tiempo de la plenitud de los gentiles; lo que viene después es la destrucción del gobierno de la bestia, con todo su andamiaje; a la vez se producira el arrepentimiento nacional del remanente fiel y la conversión de Israel.
Notemos que en el capítulo doce se ilustra la persecución de Satanás contra Israel, lo que obliga al remanente fiel a huir al desierto, conforme a las instrucciones dadas por el propio Jesús hace muchos años:
“Por tanto, cuando veáis en el lugar santo la abominación desoladora de que habló el profeta Daniel (el que lee, entienda), entonces los que estén en Judea, huyan a los montes. El que esté en la azotea, no descienda para tomar algo de su casa; y el que esté en el campo, no vuelva atrás para tomar su capa. Mas ¡ay de las que estén encintas, y de las que críen en aquellos días! Orad, pues, que vuestra huida no sea en invierno ni en día de reposo; porque habrá entonces gran tribulación, cual no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá. Y si aquellos días no fuesen acortados, nadie sería salvo; mas por causa de los escogidos, aquellos días serán acortados.” (Mateo 24:15-22)
Conclusión: tres acontecimientos que no debemos confundir
El arrebatamiento de la Iglesia termina la misión terrenal de la Iglesia en su condición presente, pero no significa que ningún gentil pueda salvarse después. La plenitud de los gentiles tiene que ver con el propósito redentor de Dios entre las naciones mientras Israel permanece bajo endurecimiento parcial. Este proceso continúa más allá del arrebatamiento y encuentra una frontera profética decisiva alrededor de la séptima trompeta.
Los tiempos de los gentiles tienen un alcance político y gubernamental mucho más extenso. Comenzaron con el dominio gentil sobre Jerusalén, en tiempos de Nabucodonosor y culminarán definitivamente con la intervención del Mesías y el establecimiento de su Reino. (Romanos 11:25-27; Apocalipsis 7:9-17)
La séptima trompeta anuncia la completación de la plenitud de los gentiles: “Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo.” Daniel contempló la Piedra, Juan escuchó la trompeta, Pablo anunció la restauración de Israel y las tres líneas proféticas convergen finalmente en una Persona: “... Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén.” (Apocalipsis 1:5,6)

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