“Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro…” (2 Pedro 1:19)
En tiempos recientes se ha popularizado la expresión: Sionismo Evangélico o “Sionismo cristiano” para describir y desacreditar, la posición de aquellos creyentes que entienden que las profecías bíblicas concernientes a Israel continúan teniendo un cumplimiento futuro. Con frecuencia se afirma que doctrinas como la restauración de Israel a su tierra, la distinción profética entre Israel y la Iglesia, el arrebatamiento y el futuro regreso visible del Mesías son ideas relativamente modernas que surgieron con John Nelson Darby en el siglo XIX y que posteriormente fueron difundidas por C. I. Scofield mediante su conocida Biblia de referencia.
Sin embargo, esta afirmación confunde dos cosas completamente diferentes: El desarrollo histórico de un sistema de interpretación y el origen de las profecías que ese sistema procura interpretar. Darby no escribió a Ezequiel; Scofield no escribió a Daniel; ninguno de ellos escribió a Jeremías, Isaías, Zacarías, Pablo o Juan y y ninguno puso en labios de Jesucristo las palabras pronunciadas en el Monte de los Olivos. Darby y Scofield vivieron muchos siglos después de que las Escrituras que hablan sobre la dispersion de Israel, su restauración, la venida del Mesías, el arrebatamiento y de los acontecimientos finales fueran escritas. Pudiera discutirse si determinados intérpretes organizaron correctamente cada detalle profético, o debatirse esquemas, cronologías y terminologías. Pero no puede atribuirse a hombres del siglo XIX la autoría, ni la manipulacion de profecías que existen desde hace miles de años.
Antes de Darby ya hablaban los profetas
Mucho antes del nacimiento de John Nelson Darby, Dios había anunciado mediante los profetas que Israel sería dispersado entre las naciones como consecuencia de su desobediencia, pero que llegaría un tiempo en que sería nuevamente reunido. Moisés mismo declaró: “Aun cuando tus desterrados estuvieren en las partes más lejanas que hay debajo del cielo, de allí te recogerá Jehová tu Dios, y de allá te tomará; y te hará volver Jehová tu Dios a la tierra que heredaron tus padres, y será tuya.” (Deuteronomio 30:4-5)
Esto fue escrito aproximadamente tres mil años antes del establecimiento del moderno Estado de Israel. El profeta Jeremías también anunció: “El que esparció a Israel lo reunirá y guardará, como el pastor a su rebaño.” (Jeremías 31:10) Observe cuidadosamente el lenguaje: El mismo Dios que permitió la dispersión promete también la reunión.
Ezequiel ofrece una de las descripciones más extraordinarias de esta restauración: “Y yo os tomaré de las naciones, y os recogeré de todas las tierras, y os traeré a vuestro país.” (Ezequiel 36:24)
“Así ha dicho Jehová el Señor: He aquí, yo tomo a los hijos de Israel de entre las naciones a las cuales fueron, y los recogeré de todas partes, y los traeré a su tierra.” (Ezequiel 37:21)
Estas palabras fueron pronunciadas siglos antes del nacimiento de Cristo y muchísimo antes de Darby, Scofield o cualquier movimiento político moderno. Por tanto, cuando un cristiano observa el regreso del pueblo judío a la tierra de sus antepasados y encuentra una relación con estas antiguas profecías, no necesariamente está siguiendo una doctrina inventada en tiempos recientes. Está comparando acontecimientos históricos con textos proféticos que tienen milenios de antigüedad.
Investigaciones académicas sobre los orígenes del llamado “sionismo cristiano” muestran que la expectativa de una restauración judía estaba presente entre puritanos y otros creyentes evangélicos desde los siglos XVII y XVIII, antes del ministerio de Darby.
La tierra y el pacto
La relación de Israel con la tierra tampoco comenzó en el siglo diecinueve, comenzó con Abraham: “Y apareció Jehová a Abram, y le dijo: A tu descendencia daré esta tierra. Y edificó allí un altar a Jehová, quien le había aparecido.” (Génesis 12:7)
Posteriormente el Señor amplió la promesa: “Porque toda la tierra que ves, la daré a ti y a tu descendencia para siempre.” (Génesis 13:15)
Y en Génesis 15 Dios formalizó este compromiso mediante pacto: “En aquel día hizo Jehová un pacto con Abram, diciendo: A tu descendencia daré esta tierra, desde el río de Egipto hasta el río grande, el río Eufrates…” (Génesis 15:18)
Esto no significa que todas las decisiones políticas o militares realizadas por un gobierno moderno deban ser consideradas automáticamente justas o aprobadas por Dios. La profecía bíblica no debe convertirse en una aprobación incondicional de gobiernos humanos. Los gobiernos pueden equivocarse. Israel, como cualquier nación, es responsable moralmente delante de Dios.
Pero reconocer esto no cancela las promesas bíblicas ni autoriza a la Iglesia a apropiarse de todo aquello que Dios prometió específicamente a Israel. La cuestión profética es más profunda que la política, se trata de la fidelidad de Dios a su Palabra.
¿Desechó Dios definitivamente a Israel?
El apóstol Pablo responde directamente: “Digo, pues: ¿Ha desechado Dios a su pueblo? En ninguna manera.” (Romanos 11:1)
Más adelante añade: “Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios.” (Romanos 11:29)
Los capítulos nueve al once de Romanos constituye una de las secciones más importantes del Nuevo Testamento para comprender la relación entre Israel y la Iglesia. Israel experimentó endurecimiento parcial, pero no abandono definitivo: “Ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles; y luego todo Israel será salvo.” (Romanos 11:25-26)
Esto coloca ante nosotros dos líneas que avanzan dentro del propósito de Dios: la obra presente de Dios formando la Iglesia entre judíos y gentiles, y el propósito futuro de Dios respecto a Israel como nación. No son dos caminos diferentes de salvación, existe un solo Salvador: Jesucristo. Existe un solo fundamento de redención: su sangre derramada, pero dentro del desarrollo profético de las Escrituras encontramos funciones, promesas y acontecimientos relacionados específicamente con Israel y otros relacionados específicamente con la Iglesia.
Israel y la Iglesia no deben confundirse
La Iglesia no es simplemente otro nombre para Israel, en el Nuevo Testamento encontramos a Pablo distinguiendo claramente entre: “Judíos, gentiles y la iglesia de Dios.” (1 Corintios 10:32)
La Iglesia es el cuerpo de Cristo formado por todos aquellos que han creído en Él durante esta dispensación, sean judíos o gentiles; Israel, por otra parte, conserva una identidad nacional dentro del programa profético de Dios. Esta distinción es indispensable para interpretar correctamente muchos pasajes proféticos. Cuando Dios promete reunir a Israel de las naciones, debemos permitir que Israel signifique Israel. Cuando habla de Jerusalén, debemos permitir que Jerusalén signifique Jerusalén, a menos que el propio contexto bíblico indique claramente un sentido simbólico. Una interpretación gramático-histórica de la Escritura evita que las promesas hechas a un pueblo sean transferidas arbitrariamente a otro.
La higuera y las señales del tiempo
Jesús declaró: “De la higuera aprended la parábola: Cuando ya su rama está tierna, y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca. Así también vosotros, cuando veáis todas estas cosas, conoced que está cerca, a las puertas.” (Mateo 24:32-33)
Dentro de la interpretación profética, la Biblia emplea en diferentes lugares imágenes como la higuera, la vid y el olivo en relación con Israel. El renacimiento nacional de Israel adquiere una importancia extraordinaria dentro del conjunto de las señales relacionadas con los últimos tiempos. Sin embargo, debemos recordar algo fundamental: Jesús no dijo que observáramos una sola señal aisladamente, dijo: “Cuando veáis todas estas cosas…”
Por eso la prudencia profética exige observar el cuadro completo y no establecer fechas de manera arbitraria. La profecía bíblica nos invita a velar, no a especular.
El arrebatamiento tampoco nació con Darby
Otra acusación frecuente afirma que el arrebatamiento de la Iglesia fue inventado por John Nelson Darby. Pero nuevamente debemos regresar a una pregunta sencilla: ¿Quién escribió él capítulo cuatro de 1 Tesalonicenses? No fue Darby, tampoco Scofield. El apóstol Pablo escribió aproximadamente dieciocho siglos antes de ellos: “Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire.” (1 Tesalonicenses 4:16-17)
La palabra traducida como “arrebatados” procede del verbo griego harpazō, que expresa la idea de tomar o arrebatar repentinamente. Pablo describe nuevamente esta transformación en la primera carta a los corintios:“He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos…” (1 Corintios 15:51-52)
Mucho antes de cualquier maestro del siglo XIX, Pablo ya había hablado de una generación de creyentes que sería transformada sin pasar por la muerte y de creyentes vivos que serían arrebatados para encontrarse con Cristo. Pudiera debatirse dentro del cristianismo cuándo ocurre este acontecimiento con relación a la Tribula ción, pero decir que Darby inventó el concepto del arrebatamiento significa ignorar que la descripción fundamental se encuentra explícitamente en el Nuevo Testamento.
La promesa fue pronunciada por el mismo Cristo
Antes de Pablo encontramos incluso las palabras de Jesús: “Voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis.” (Juan 14:2-3)
Observe el movimiento de la promesa: Cristo se va, prepara lugar, regresa, toma a los suyos, los lleva para que estén donde Él está. La esperanza de la Iglesia, por tanto, no descansa en Darby, descansa en la promesa de Jesucristo.
Israel espera restauración; la Iglesia espera al Esposo
Aquí encontramos una de las hermosas armonías de la profecía bíblica. Israel posee promesas relacionadas con su restauración nacional, su tierra, Jerusalén y finalmente el reconocimiento del Mesías. En cambio, la Iglesia posee promesas relacionadas con su unión celestial con Cristo, su transformación y su encuentro con el Señor.
Zacarías anunció respecto a Israel: “Y mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito.” (Zacarías 12:10)
Pablo anunció: “Y luego todo Israel será salvo.” (Romanos 11:26)
Mientras tanto, la Iglesia vive aguardando: “La esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo.” (Tito 2:13)
Los dos programas finalmente convergen en la exaltación del mismo Rey: Jesucristo.
El regreso visible del Mesías (Parousia) tampoco es una invención moderna
Zacarías escribió siglos antes de Cristo: “Y se afirmarán sus pies en aquel día sobre el monte de los Olivos…” (Zacarías 14:4)
Después de la ascensión de Cristo, los ángeles dijeron a los discípulos: “Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo.” (Hechos 1:11)
Apocalipsis anuncia: “He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá.” (Apocalipsis 1:7)
¿Dónde está Darby en estos textos; dónde está Scofield? No estaban allí, las profecías existían muchos siglos antes que ellos. Darby pudo sistematizar, pero no pudo inventar la Escritura, aquí debemos ser equilibrados.
La expectativa evangelica de una restauración futura del pueblo judío aparece documentada mucho antes de Darby, especialmente en ambientes puritanos de los siglos XVII y XVIII.
No seguimos a Darby; seguimos las Escrituras
Nuestra fe no está edificada sobre Scofield, tampoco sobre Darby, ni sobre ningún sistema teológico humano. Podemos aprender de comentaristas, historiadores y maestros; pero todos ellos deben ser examinados a la luz de la Palabra. El cristiano no debería decir: “Creo esto porque lo dijo Darby”, debería decir: “Creo esto porque es lo que enseñan las Escrituras.”
Pablo elogió a los creyentes de Berea porque: “Recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así.” (Hechos 17:11) Ese debe continuar siendo nuestro modelo.
¿Es esto “sionismo evangélico”?
Si con esa expresión se quiere decir que un cristiano debe aprobar incondicionalmente cada acción política realizada por el moderno Estado de Israel, entonces esa no es nuestra posición. Nuestra autoridad no es un partido político. Nuestra autoridad es la Biblia.
Pero si con el término se intenta ridiculizar a quienes creen que Dios todavía tiene propósitos proféticos relacionados con el pueblo de Israel, entonces debemos responder serenamente:
Esta convicción no nació de una agenda política moderna, nació del estudio diligente de las Sagradas Escrituras. Las promesas estaban allí mucho antes de que existiera el término “sionismo”.
Dos pueblos dentro de un mismo propósito redentor
No debemos enfrentar a Israel contra la Iglesia. Tampoco debemos confundirlos, Dios está formando actualmente un pueblo para su nombre compuesto por judíos y gentiles unidos espiritualmente en Cristo, y al mismo tiempo, las Escrituras presentan promesas proféticas relacionadas con el futuro de la nación de Israel. Ambas líneas conducen finalmente al mismo centro: Jesucristo reinando y siendo glorificado.
Israel no será salvo por pertenecer étnicamente a Abraham, sino mediante el Mesías Jesucristo. La Iglesia tampoco posee mérito propio, ha sido redimida exclusivamente mediante la sangre del Cordero. Por eso la profecía nunca debe producir sentido de superioridad, debe producir humildad, santidad, esperanza y reverencia.
¿Qué dice la Palabra de Dios?
Si Jeremías anunció la reunión de Israel, debemos estudiarlo; si Ezequiel habló de una restauración nacional, debemos darlo por seguro, si Zacarías anunció que Israel miraría al que traspasaron, hay que darlo por hecho, estudiarlo. Si Pablo habló de un futuro glorioso para Israel, debemos creerlo, si Cristo prometió volver por los suyos, debemos creerle, si Pablo enseñó que los creyentes serían arrebatados para recibir al Señor en el aire, debemos tomar seriamente sus palabras, si Jesús anunció su regreso glorioso, debemos vivir preparados. Porque las promesas divinas descansan en el poder y la fidelidad de Dios, no en la invención humana: “Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad… porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo.” (2 Pedro 1:16,21)
Conclusión: la profecía es más antigua que nuestros debates
Los sistemas teológicos son humanos, la Palabra de Dios no. Los hombres aparecen y desaparecen, la Palabra permanece. Darby murió, Scofield murió, generaciones completas de intérpretes han pasado, pero las palabras pronunciadas por los profetas continúan delante de nosotros.
Israel nuevamente se encuentra entre las naciones del mundo como una realidad nacional, Jerusalén continúa ocupando una posición extraordinariamente singular en el escenario internacional, la Iglesia continúa proclamando el Evangelio entre las naciones, y quienes esperamos al Señor continuamos levantando nuestros ojos, no hacia hombres ni hacia sistemas, sino hacia Jesucristo.
No sabemos el día ni la hora, no establecemos fechas, no necesitamos sensacionalismo, tenemos algo mejor: La palabra profética más segura. Por eso, mientras el mundo se oscurece, hacemos bien en estar atentos a ella: “Como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones.” (2 Pedro 1:19)
La profecía no fue escrita para satisfacer nuestra curiosidad, fue dada para fortalecer nuestra esperanza y nuestra esperanza no tiene nombre de teólogo. Tiene el nombre de Jesucristo, el Hijo del Dios viviente.

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